Un viaje al país

por Marco Mizzi

Un viaje al país


"Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos;
innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar,
y todo lo que realmente pasa me pasa a mí".

El jardín de los senderos que se bifurcan – Jorge Luis Borges

 

***

 

Noviembre de 2012, la FLIA en la Plaza Lucio Fontana, y eran veinte o veinticinco puestos amontonados en la pérgola, tirados en el pasto, editoriales de tres personas y un perro, poetas que se editaban solos, lectores de Bolaño, fumadores de paragua, mesas de fanzines, de serigrafía, y yo sentado ante un retazo de friselina verde vendiendo lo que publicábamos con Aldo en lo que pomposamente llamábamos Cooperativa Editorial Tercer Mundo, folletines fotocopiados de hispanoamericanos muertos, malditos, Arlt y Onetti y Yamandú Rodríguez y Anzoátegui, y cuentos nuestros y poemas nuestros, todo abrochado entre dos cartulinas de colores que comprábamos al por mayor en Casa Ferrazini, y al lado, sobre cartones, porque un paño le parecía una concesión demasiado grande, Lucas Mateo despachaba la revista Terquedad, y el mate con ginebra iba y venía, y hablábamos de política con cualquiera que se parara a mirar, con todos, hablábamos sin parar de literatura, casi sin escucharnos, éramos jóvenes y no sabíamos que eso se termina.


A eso de las seis entró la Murga Okupando Levitas. Treinta pibes de galera y levita, rollingas hermosas y rastudos borrachos dando vueltas entre las mesas. El bombo con platillo te entraba por el esternón y te reacomodaba las costillas y hacía temblar las fotocopias sobre el paño. Las veías temblar. En algún momento le pedí a Lucas que cuidara el puesto y me fui a caminar por la feria.


En un stand de reventa, entre cajas de manzana con saldos de otras ferias, entre un tratado de permacultura y las fotocopias anilladas de siempre, encontré un lomo que decía Manual de Lecturas Patrióticas.


Lo agarré. En esa plaza, en esa feria, esas tres palabras juntas parecían un error de imprenta. Lo abrí parado y miré el índice: parecía una antología de textos canónicos de la literatura argentina del primer Centenario. Pero no podía ser: el libro era flaco, no llegaba a las cien páginas. La curaduría de los textos, decía la contratapa, era de un maestro rural llamado Tomás Fraunhoffer. Siete pesos. Los pagué sin pensarlo mucho y volví al paño.


Quedó años guardado en una mochila.

 

***

 

Lo encontré este verano y lo leí de un tirón. Me sorprendió encontrar que se trataba de resúmenes muy acotados, y hechos con tal minucia que era imposible confundir intención con capricho. En el Facundo, por ejemplo, no se menciona un solo caudillo.


El ejemplar de Manual de Lecturas Patrióticas que compré por siete pesos en la feria era de la reedición que hizo Editorial Maja en 2010: ciento cincuenta ejemplares de tapa blanda, con un estudio preliminar de la becaria del CONICET Camila Catanzaro.


El manual había estado cuarenta años sin imprimirse. La última edición había sido la de 1944: cinco mil ejemplares en papel obra, áspero y ya amarillo al año de salir, declarados lectura obligatoria en todas las escuelas rurales de la provincia de Santa Fe. Esa edición traía dos prólogos. Uno, firmado por el ministro Roque Martínez Torres, celebra el libro como una restauración de la argentinidad y la tradición.


El otro prólogo era el original de la primera edición, hecha en 1938. Probablemente pagado por el autor, el Manual fue impreso en Rosario en los talleres de Editorial Longo. En dos páginas dirigidas a colegas e inspectores, Fraunhoffer explica el método de abreviación que usó para los textos canónicos allí presentados, en términos de tiempos de recitado y capacidad de atención infantil.


Antes de todo eso hubo unas hojas mimeografiadas, que Catanzaro fecha en 1933, y que circularon entre cuatro o cinco escuelas de la costa. No fueron pensadas como un libro. Eran material de trabajo: los textos ya recortados, para que los chicos pudieran leerlos en voz alta el 25 de mayo sin que el acto durara dos horas.


Este cuadernillo se pensó y se armó en una escuela rural, donde acababa de ser nombrado director un maestro normal de veintiocho años que había llegado al país a los dos.


***


Tomás Fraunhoffer nació en Murakeresztúr en 1905, un pueblo del comitat de Zala, sobre la frontera sur del Reino de Hungría. La familia, de origen germánico, llegó a la Argentina en 1907. Se instaló en Rosario en el barrio de Las Latas, como se denominaba al asentamiento de casas precarias a la vera del Ferrocarril Francés, en lo que hoy es Luis Agote.


No hay muchos más datos sobre él, hasta que en 1923 un expediente lo consigna como maestro normal recién recibido.


También se sabe que esos años se fue a trabajar al interior de la provincia. No hay documento que explique por qué. Se supone que había más trabajo que en la ciudad. Nueve años de escuelas de los que no queda casi nada: nombramientos, traslados, un legajo con más sellos que información. En 1932 lo nombran director de la Primaria Rural N° 6257, una escuela de hijos de pescadores en la zona de La Boca, donde el Monje desemboca en el Coronda.


Por esos años empieza a frecuentar los círculos nacionalistas de Rosario. Le atraía el revisionismo aristocrático, el de los Irazusta, el de la crítica a la política británica y a la Argentina liberal. La imagen es bella, incluso cándida: un maestro rural del Litoral santafesino leyendo a los hermanos que denunciaban el pacto Roca-Runciman desde una casa de campo entrerriana.


Sin embargo, parece que, en los círculos de este nacionalismo primigenio, un poco cerrado, lo trataron como lo que era: un inmigrante. La única mención que Catanzaro pudo encontrar de él en un boletín revisionista de la época lo nombra al pasar, entre los asistentes a una conferencia de Fausto Hernández, como el Maestro Rural Frank Jofre.


En 1933 concibe su Manual de Lecturas. En 1938 lo publica con dos páginas de prólogo dirigidas a sus colegas. Ese mismo año, su hermano Juan, director técnico de Rosario Central, sale campeón del torneo local, el último que se jugó antes de que Central ingresara formalmente a la AFA.

 

***

 

El manual tiene doce textos en ciento treinta y dos páginas. Doce textos fundantes de la literatura argentina reducidos, en promedio, a once páginas cada uno. Obras completas puestas a dieta hasta que entran en un acto escolar.


El prólogo lo explica sin ninguna solemnidad. Fraunhoffer calcula que un niño de nueve años lee en voz alta, ante público y con nervios, a razón de noventa palabras por minuto, y que la atención del auditorio de un acto patrio ("mayoría abrumadora de mujeres, rústicas todas ellas, recién bajadas de un bote") no resistía más de veinte. De ahí sale todo lo demás. Es un problema de duración.


Lo interesante es lo que les pasa a los textos cuando se los enfrenta a ese problema.


Del Facundo se eligieron los tres primeros capítulos: las descripciones del paisaje, de las tipologías del gaucho y de la pulpería. Es decir, la parte que Sarmiento cantó mirando, y nada de la parte que escribió argumentando. No aparecen Quiroga ni Paz. No hay Tiranía, no hay civilización ni barbarie. Incluso, dentro de lo que sí quedó falta un párrafo: la cita de Víctor Hugo. También se borró el pasaje sobre el juego y el licor.


El matadero es reducido a la escena del toro. Todo lo demás no está: ni el narrador, ni la Iglesia, ni la muerte del unitario.


Del Martín Fierro quedan fragmentos de los cantos 1, 3, 6, 9 y 11, y en ninguno de ellos Fierro hace nada malo. No mata. No está la crítica a la leva ni al juez ni a la frontera. Un lector desprevenido que llegara al gaucho por este manual saldría creyendo que es un hombre que canta, que trabaja y al que le va mal, sin entender del todo por culpa de quién.


Y está Un viaje al País de los Matreros, de Fray Mocho, del que Fraunhoffer eligió tres capítulos: el que describe las islas, el que cuenta cómo se caza un peludo y el que narra un día de lluvia en un rancho.


Ahí es donde por primera vez se transparenta el criterio de selección. Se puede entender que un maestro de 1933 no quiera leerles a los chicos isleros la violación y asesinato de un opositor político. Se puede entender, incluso, que le saque las muertes a Fierro. Pero en Fray Mocho no hay nada que sacar: no hay violencia, no hay sangre, no hay doctrina, no hay una sola palabra difícil. Es el único libro del corpus que transcurre en el mismo paisaje que veían sus alumnos por la ventana, y es el que peor quedó parado: le sacó medio título. No hay un solo matrero en el país de los matreros. Es solo Un Viaje al País.


Lo que sobrevive en las ciento treinta y dos páginas del Manual, y que incluyen versos gauchescos de Hidalgo y Galdeano, un texto de Montes i Bradley sobre los conocimientos agrícolas de San Martín, y el poema A la Patria, de Lugones, es siempre lo mismo. El paisaje. El clima. Un animal. Un hombre haciendo algo con las manos. Lo que se fue, y se fue de los doce textos, es cualquier cosa que involucre a la sociedad y al Estado: la ley, la leva, el juez, el partido, la guerra, el tirano. Incluida, y esto es lo que más costó entender, la propia crítica a los mismos.


El ejemplar de trabajo de Fraunhoffer quedó en el pueblo donde fue concebido, y de ahí pasó, en 2007, a manos de Catanzaro. En los márgenes de las páginas mimeografiadas no hay una sola nota literaria. Hay, no podía ser de otra manera, bastantes tachaduras. También hay, en una página de un cuento de Juana Gorriti, escrita en lápiz y sin relación aparente con el texto, una palabra en alemán: Nebel. Niebla.


Durante un tiempo, Catanzaro creyó que era una indicación de lectura. Supuso que Fraunhoffer llamaba así a los pasajes que debían desaparecer, una niebla puesta sobre la historia. Consultó a dos germanistas, revisó el resto de los márgenes y tituló con esa palabra el primer borrador de su tesis.


Años después, averiguó que Nebel era el apellido de un médico de Oliveros que le conseguía a Fraunhoffer discos de música clásica. Catanzaro no pudo comprobarlo. Pero tampoco volvió a usar la palabra en ninguno de sus trabajos.


***

 

En junio de 1944, el doctor Roque Martínez Torres, ministro de Instrucción Pública de la intervención federal ordenada por el General Edelmiro Farrel, firmó la resolución que declaraba el Manual de Lecturas Patrióticas de lectura obligatoria en todas las escuelas de la provincia.


Martínez había sido juez en Cañada de Gómez. Un hombre de la época: de a caballo, pero con inquietudes intelectuales, de los que citaban a Lugones en los almuerzos de la Rural. Escribió el prólogo nuevo él mismo. Son cuatro páginas donde saluda la aparición de una obra que "devuelve a los niños de la tierra el contacto con las fuentes de la raza y restaura en la escuela la tradición argentina que el liberalismo en su cobarde infamia interrumpió".


Es difícil saber si lo leyó. Lo que celebra Martínez Torres no está en las ciento treinta y dos páginas que vienen después. Las fuentes de la raza y la tradición restaurada, que acaso pueden encontrarse en las obras originales, son precisamente lo que Fraunhoffer recortó.


Como fuera, el Gobierno mandó a imprimir cinco mil ejemplares. En los libros del archivo del Banco de Santa Fe consta un pago a cuenta de Tomás Fraunhoffer por cuatrocientos cincuenta pesos. Unos dos millones, al cambio de hoy.


El libro estuvo por décadas en los armarios de las escuelas rurales santafesinas. Se sacaba en mayo, julio o agosto, se recitaba y volvía al armario. En 1956 su lectura pasó de obligatoria a opcional.


Al autor, mientras tanto, también lo metieron y sacaron de varios sitios.


Fraunhoffer nunca estuvo afiliado al Partido Peronista. De ello, Catanzaro infiere que era gorila. Es muy probable. La afiliación funcionaba en ese momento como huella política identitaria. Un maestro podía ser de "la contra" y figurar como miembro del Partido, a causa de las afiliaciones compulsivas de empleados públicos ordenadas por el peronismo. Pero si uno era "compañero", era casi un deber moral estarlo.


A pesar, entonces, de su condición opositora, durante la gobernación de Waldino Suárez, Fraunhoffer llegó a ser Supervisor de Escuelas Rurales en el norte del departamento General Obligado, en pleno Chaco santafesino. O era muy buen pedagogo, o no había nadie más que quisiera el puesto. Las dos hipótesis no se contradicen entre sí.


En 1955, con la Revolución Libertadora, Fraunhoffer quedó fuera del cargo. Pidió destino en el aula y lo mandaron a dirigir la Primaria Rural N.º 6108 "Eva Perón" de Villa Ocampo, en el norte provincial, una escuela que él mismo había ayudado a fundar.


El nuevo gobierno estaba decidido a borrar todo rastro de peronismo en el país. Entre otras medidas, ordenó borrar los nombres malditos de todas las escuelas que lo llevaban. Fraunhoffer tramitó el cambio de la suya sin hacer ningún comentario. El acta propone a la pedagoga Rosario Vera Peñaloza, y fundamenta la elección en tres líneas de doctrina normalista impecable. No menciona ni una sola vez el nombre que se retira. Acaso cumplía una orden y hacía, al mismo tiempo, algo que quería hacer. El acta, una vez más, permite las dos lecturas y no autoriza ninguna.


***


Fraunhoffer se quedó en la 6108 hasta que murió.


En 2007, Catanzaro entrevistó a Gabriel Castillo, un hombre de Villa Ocampo que había sido alumno suyo entre 1961 y 1966.


Dice que el director hablaba raro. Dice que los chicos le decían el Ruso, que es como en el Norte se le dice a cualquiera que venga del Este de Europa, y que él nunca corrigió a nadie. Dice que comía solo, en el aula, y que siempre lo mismo. Dice que tenía una radio y que solo escuchaba música clásica.


En esos mismos años, Fraunhoffer se acercó, a instancias del cura de Villa Ocampo, al Movimiento Rural Diocesano. Ayudó en el armado de los apoyos escolares en distintas localidades de la Ruta 11, que se constituyeron en núcleos de lo que en la siguiente década serían las Ligas Agrarias.


Los militantes empezaron a utilizar su Manual. No tanto por un patriotismo del símbolo, sino del gesto. Los alumnos eran niños campesinos que con diez años ya trabajaban doce horas por día, y no hubieran podido leer el Facundo completo nunca en la vida. La antología se los resumía en pocas páginas.


Fraunhoffer murió en Villa Ocampo en 1972, a los sesenta y siete años. En 1983 el manual dejó de formar parte de la currícula santafesina. Nadie lo prohibió. Se aprobó un diseño curricular nuevo, con otros criterios de lectura y otra bibliografía, y el manual no entró en la lista.


***


Pasaron 24 años de un silencio absoluto. O casi, porque en 1987, Arturo Bardamu lo menciona al pasar en una nota al pie de su tesis de licenciatura en Letras por la UNR, dentro de un listado de antologías de literatura argentina.


En 2007, Camila Catanzaro estaba investigando la currícula de escuelas rurales santafesinas para su beca doctoral y encontró la cita de Bardamu. Ahí empezó su búsqueda. Le llevó dos años: las hojas mimeografiadas de 1933 en el archivo de la Comuna de Monje, la edición de Longo en una librería de usados de Temperley, la de 1944 en la Biblioteca Argentina. Publicó cuatro papers entre 2008 y 2010 que casi nadie leyó, y después convenció a una amiga, dueña del sello independiente Editorial Maja, para reeditarlo.


Su tesis es que Fraunhoffer con su curaduría creó una obra distinta, independiente del material original. En la que escribió, sin decirlo y probablemente sin saberlo, una definición de la Patria.

 

El argumento va así. Todo lo que Fraunhoffer sacó de los doce textos tiene una sola cosa en común: es lo que no se puede comprobar. Un chico de La Boca de Monje podía verificar la isla, la creciente, el caballo, la mulita, la lluvia sobre el techo. No podía verificar nada de lo otro: ni la batalla histórica, ni el Tirano o el Prócer que la protagonizó, ni las leyes, los argumentos, las excusas. Eso solo puede creerse.


El costo del recorte es una pérdida doble: los textos se presentan sin épica y sin denuncia. Un Martín Fierro sin la crítica a la frontera es tan incompleto como uno sin las muertes.


Sobre la cita de Víctor Hugo que falta en el capítulo del Facundo dedicado a las pulperías, Catanzaro escribe la frase más audaz de su estudio preliminar: Fraunhoffer eliminó la definición del gaucho hecha por un francés que nunca vio uno porque su Patria, la del maestro rural, no admitía testigos externos, no podía ser certificada desde afuera.


Basa su hipótesis en una frase que está en la segunda página del prólogo de 1938, antes de las consideraciones sobre el volumen de la voz infantil al aire libre. Dice:


"No se ha creído necesario agregar nada a lo ya escrito por otros, sino apartar de esas páginas aquello que el niño no pueda comprobar por sí mismo; que la Patria no es materia de enseñanza sino de reconocimiento, y a la escuela le cabe apenas ordenar lo que el niño ya tiene”.


 

CENTRO CULTURAL CONTRAVIENTO
Un viaje al país

por Marco Mizzi

"Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos;
innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar,
y todo lo que realmente pasa me pasa a mí".

El jardín de los senderos que se bifurcan – Jorge Luis Borges

 

***

 

Noviembre de 2012, la FLIA en la Plaza Lucio Fontana, y eran veinte o veinticinco puestos amontonados en la pérgola, tirados en el pasto, editoriales de tres personas y un perro, poetas que se editaban solos, lectores de Bolaño, fumadores de paragua, mesas de fanzines, de serigrafía, y yo sentado ante un retazo de friselina verde vendiendo lo que publicábamos con Aldo en lo que pomposamente llamábamos Cooperativa Editorial Tercer Mundo, folletines fotocopiados de hispanoamericanos muertos, malditos, Arlt y Onetti y Yamandú Rodríguez y Anzoátegui, y cuentos nuestros y poemas nuestros, todo abrochado entre dos cartulinas de colores que comprábamos al por mayor en Casa Ferrazini, y al lado, sobre cartones, porque un paño le parecía una concesión demasiado grande, Lucas Mateo despachaba la revista Terquedad, y el mate con ginebra iba y venía, y hablábamos de política con cualquiera que se parara a mirar, con todos, hablábamos sin parar de literatura, casi sin escucharnos, éramos jóvenes y no sabíamos que eso se termina.


A eso de las seis entró la Murga Okupando Levitas. Treinta pibes de galera y levita, rollingas hermosas y rastudos borrachos dando vueltas entre las mesas. El bombo con platillo te entraba por el esternón y te reacomodaba las costillas y hacía temblar las fotocopias sobre el paño. Las veías temblar. En algún momento le pedí a Lucas que cuidara el puesto y me fui a caminar por la feria.


En un stand de reventa, entre cajas de manzana con saldos de otras ferias, entre un tratado de permacultura y las fotocopias anilladas de siempre, encontré un lomo que decía Manual de Lecturas Patrióticas.


Lo agarré. En esa plaza, en esa feria, esas tres palabras juntas parecían un error de imprenta. Lo abrí parado y miré el índice: parecía una antología de textos canónicos de la literatura argentina del primer Centenario. Pero no podía ser: el libro era flaco, no llegaba a las cien páginas. La curaduría de los textos, decía la contratapa, era de un maestro rural llamado Tomás Fraunhoffer. Siete pesos. Los pagué sin pensarlo mucho y volví al paño.


Quedó años guardado en una mochila.

 

***

 

Lo encontré este verano y lo leí de un tirón. Me sorprendió encontrar que se trataba de resúmenes muy acotados, y hechos con tal minucia que era imposible confundir intención con capricho. En el Facundo, por ejemplo, no se menciona un solo caudillo.


El ejemplar de Manual de Lecturas Patrióticas que compré por siete pesos en la feria era de la reedición que hizo Editorial Maja en 2010: ciento cincuenta ejemplares de tapa blanda, con un estudio preliminar de la becaria del CONICET Camila Catanzaro.


El manual había estado cuarenta años sin imprimirse. La última edición había sido la de 1944: cinco mil ejemplares en papel obra, áspero y ya amarillo al año de salir, declarados lectura obligatoria en todas las escuelas rurales de la provincia de Santa Fe. Esa edición traía dos prólogos. Uno, firmado por el ministro Roque Martínez Torres, celebra el libro como una restauración de la argentinidad y la tradición.


El otro prólogo era el original de la primera edición, hecha en 1938. Probablemente pagado por el autor, el Manual fue impreso en Rosario en los talleres de Editorial Longo. En dos páginas dirigidas a colegas e inspectores, Fraunhoffer explica el método de abreviación que usó para los textos canónicos allí presentados, en términos de tiempos de recitado y capacidad de atención infantil.


Antes de todo eso hubo unas hojas mimeografiadas, que Catanzaro fecha en 1933, y que circularon entre cuatro o cinco escuelas de la costa. No fueron pensadas como un libro. Eran material de trabajo: los textos ya recortados, para que los chicos pudieran leerlos en voz alta el 25 de mayo sin que el acto durara dos horas.


Este cuadernillo se pensó y se armó en una escuela rural, donde acababa de ser nombrado director un maestro normal de veintiocho años que había llegado al país a los dos.


***


Tomás Fraunhoffer nació en Murakeresztúr en 1905, un pueblo del comitat de Zala, sobre la frontera sur del Reino de Hungría. La familia, de origen germánico, llegó a la Argentina en 1907. Se instaló en Rosario en el barrio de Las Latas, como se denominaba al asentamiento de casas precarias a la vera del Ferrocarril Francés, en lo que hoy es Luis Agote.


No hay muchos más datos sobre él, hasta que en 1923 un expediente lo consigna como maestro normal recién recibido.


También se sabe que esos años se fue a trabajar al interior de la provincia. No hay documento que explique por qué. Se supone que había más trabajo que en la ciudad. Nueve años de escuelas de los que no queda casi nada: nombramientos, traslados, un legajo con más sellos que información. En 1932 lo nombran director de la Primaria Rural N° 6257, una escuela de hijos de pescadores en la zona de La Boca, donde el Monje desemboca en el Coronda.


Por esos años empieza a frecuentar los círculos nacionalistas de Rosario. Le atraía el revisionismo aristocrático, el de los Irazusta, el de la crítica a la política británica y a la Argentina liberal. La imagen es bella, incluso cándida: un maestro rural del Litoral santafesino leyendo a los hermanos que denunciaban el pacto Roca-Runciman desde una casa de campo entrerriana.


Sin embargo, parece que, en los círculos de este nacionalismo primigenio, un poco cerrado, lo trataron como lo que era: un inmigrante. La única mención que Catanzaro pudo encontrar de él en un boletín revisionista de la época lo nombra al pasar, entre los asistentes a una conferencia de Fausto Hernández, como el Maestro Rural Frank Jofre.


En 1933 concibe su Manual de Lecturas. En 1938 lo publica con dos páginas de prólogo dirigidas a sus colegas. Ese mismo año, su hermano Juan, director técnico de Rosario Central, sale campeón del torneo local, el último que se jugó antes de que Central ingresara formalmente a la AFA.

 

***

 

El manual tiene doce textos en ciento treinta y dos páginas. Doce textos fundantes de la literatura argentina reducidos, en promedio, a once páginas cada uno. Obras completas puestas a dieta hasta que entran en un acto escolar.


El prólogo lo explica sin ninguna solemnidad. Fraunhoffer calcula que un niño de nueve años lee en voz alta, ante público y con nervios, a razón de noventa palabras por minuto, y que la atención del auditorio de un acto patrio ("mayoría abrumadora de mujeres, rústicas todas ellas, recién bajadas de un bote") no resistía más de veinte. De ahí sale todo lo demás. Es un problema de duración.


Lo interesante es lo que les pasa a los textos cuando se los enfrenta a ese problema.


Del Facundo se eligieron los tres primeros capítulos: las descripciones del paisaje, de las tipologías del gaucho y de la pulpería. Es decir, la parte que Sarmiento cantó mirando, y nada de la parte que escribió argumentando. No aparecen Quiroga ni Paz. No hay Tiranía, no hay civilización ni barbarie. Incluso, dentro de lo que sí quedó falta un párrafo: la cita de Víctor Hugo. También se borró el pasaje sobre el juego y el licor.


El matadero es reducido a la escena del toro. Todo lo demás no está: ni el narrador, ni la Iglesia, ni la muerte del unitario.


Del Martín Fierro quedan fragmentos de los cantos 1, 3, 6, 9 y 11, y en ninguno de ellos Fierro hace nada malo. No mata. No está la crítica a la leva ni al juez ni a la frontera. Un lector desprevenido que llegara al gaucho por este manual saldría creyendo que es un hombre que canta, que trabaja y al que le va mal, sin entender del todo por culpa de quién.


Y está Un viaje al País de los Matreros, de Fray Mocho, del que Fraunhoffer eligió tres capítulos: el que describe las islas, el que cuenta cómo se caza un peludo y el que narra un día de lluvia en un rancho.


Ahí es donde por primera vez se transparenta el criterio de selección. Se puede entender que un maestro de 1933 no quiera leerles a los chicos isleros la violación y asesinato de un opositor político. Se puede entender, incluso, que le saque las muertes a Fierro. Pero en Fray Mocho no hay nada que sacar: no hay violencia, no hay sangre, no hay doctrina, no hay una sola palabra difícil. Es el único libro del corpus que transcurre en el mismo paisaje que veían sus alumnos por la ventana, y es el que peor quedó parado: le sacó medio título. No hay un solo matrero en el país de los matreros. Es solo Un Viaje al País.


Lo que sobrevive en las ciento treinta y dos páginas del Manual, y que incluyen versos gauchescos de Hidalgo y Galdeano, un texto de Montes i Bradley sobre los conocimientos agrícolas de San Martín, y el poema A la Patria, de Lugones, es siempre lo mismo. El paisaje. El clima. Un animal. Un hombre haciendo algo con las manos. Lo que se fue, y se fue de los doce textos, es cualquier cosa que involucre a la sociedad y al Estado: la ley, la leva, el juez, el partido, la guerra, el tirano. Incluida, y esto es lo que más costó entender, la propia crítica a los mismos.


El ejemplar de trabajo de Fraunhoffer quedó en el pueblo donde fue concebido, y de ahí pasó, en 2007, a manos de Catanzaro. En los márgenes de las páginas mimeografiadas no hay una sola nota literaria. Hay, no podía ser de otra manera, bastantes tachaduras. También hay, en una página de un cuento de Juana Gorriti, escrita en lápiz y sin relación aparente con el texto, una palabra en alemán: Nebel. Niebla.


Durante un tiempo, Catanzaro creyó que era una indicación de lectura. Supuso que Fraunhoffer llamaba así a los pasajes que debían desaparecer, una niebla puesta sobre la historia. Consultó a dos germanistas, revisó el resto de los márgenes y tituló con esa palabra el primer borrador de su tesis.


Años después, averiguó que Nebel era el apellido de un médico de Oliveros que le conseguía a Fraunhoffer discos de música clásica. Catanzaro no pudo comprobarlo. Pero tampoco volvió a usar la palabra en ninguno de sus trabajos.


***

 

En junio de 1944, el doctor Roque Martínez Torres, ministro de Instrucción Pública de la intervención federal ordenada por el General Edelmiro Farrel, firmó la resolución que declaraba el Manual de Lecturas Patrióticas de lectura obligatoria en todas las escuelas de la provincia.


Martínez había sido juez en Cañada de Gómez. Un hombre de la época: de a caballo, pero con inquietudes intelectuales, de los que citaban a Lugones en los almuerzos de la Rural. Escribió el prólogo nuevo él mismo. Son cuatro páginas donde saluda la aparición de una obra que "devuelve a los niños de la tierra el contacto con las fuentes de la raza y restaura en la escuela la tradición argentina que el liberalismo en su cobarde infamia interrumpió".


Es difícil saber si lo leyó. Lo que celebra Martínez Torres no está en las ciento treinta y dos páginas que vienen después. Las fuentes de la raza y la tradición restaurada, que acaso pueden encontrarse en las obras originales, son precisamente lo que Fraunhoffer recortó.


Como fuera, el Gobierno mandó a imprimir cinco mil ejemplares. En los libros del archivo del Banco de Santa Fe consta un pago a cuenta de Tomás Fraunhoffer por cuatrocientos cincuenta pesos. Unos dos millones, al cambio de hoy.


El libro estuvo por décadas en los armarios de las escuelas rurales santafesinas. Se sacaba en mayo, julio o agosto, se recitaba y volvía al armario. En 1956 su lectura pasó de obligatoria a opcional.


Al autor, mientras tanto, también lo metieron y sacaron de varios sitios.


Fraunhoffer nunca estuvo afiliado al Partido Peronista. De ello, Catanzaro infiere que era gorila. Es muy probable. La afiliación funcionaba en ese momento como huella política identitaria. Un maestro podía ser de "la contra" y figurar como miembro del Partido, a causa de las afiliaciones compulsivas de empleados públicos ordenadas por el peronismo. Pero si uno era "compañero", era casi un deber moral estarlo.


A pesar, entonces, de su condición opositora, durante la gobernación de Waldino Suárez, Fraunhoffer llegó a ser Supervisor de Escuelas Rurales en el norte del departamento General Obligado, en pleno Chaco santafesino. O era muy buen pedagogo, o no había nadie más que quisiera el puesto. Las dos hipótesis no se contradicen entre sí.


En 1955, con la Revolución Libertadora, Fraunhoffer quedó fuera del cargo. Pidió destino en el aula y lo mandaron a dirigir la Primaria Rural N.º 6108 "Eva Perón" de Villa Ocampo, en el norte provincial, una escuela que él mismo había ayudado a fundar.


El nuevo gobierno estaba decidido a borrar todo rastro de peronismo en el país. Entre otras medidas, ordenó borrar los nombres malditos de todas las escuelas que lo llevaban. Fraunhoffer tramitó el cambio de la suya sin hacer ningún comentario. El acta propone a la pedagoga Rosario Vera Peñaloza, y fundamenta la elección en tres líneas de doctrina normalista impecable. No menciona ni una sola vez el nombre que se retira. Acaso cumplía una orden y hacía, al mismo tiempo, algo que quería hacer. El acta, una vez más, permite las dos lecturas y no autoriza ninguna.


***


Fraunhoffer se quedó en la 6108 hasta que murió.


En 2007, Catanzaro entrevistó a Gabriel Castillo, un hombre de Villa Ocampo que había sido alumno suyo entre 1961 y 1966.


Dice que el director hablaba raro. Dice que los chicos le decían el Ruso, que es como en el Norte se le dice a cualquiera que venga del Este de Europa, y que él nunca corrigió a nadie. Dice que comía solo, en el aula, y que siempre lo mismo. Dice que tenía una radio y que solo escuchaba música clásica.


En esos mismos años, Fraunhoffer se acercó, a instancias del cura de Villa Ocampo, al Movimiento Rural Diocesano. Ayudó en el armado de los apoyos escolares en distintas localidades de la Ruta 11, que se constituyeron en núcleos de lo que en la siguiente década serían las Ligas Agrarias.


Los militantes empezaron a utilizar su Manual. No tanto por un patriotismo del símbolo, sino del gesto. Los alumnos eran niños campesinos que con diez años ya trabajaban doce horas por día, y no hubieran podido leer el Facundo completo nunca en la vida. La antología se los resumía en pocas páginas.


Fraunhoffer murió en Villa Ocampo en 1972, a los sesenta y siete años. En 1983 el manual dejó de formar parte de la currícula santafesina. Nadie lo prohibió. Se aprobó un diseño curricular nuevo, con otros criterios de lectura y otra bibliografía, y el manual no entró en la lista.


***


Pasaron 24 años de un silencio absoluto. O casi, porque en 1987, Arturo Bardamu lo menciona al pasar en una nota al pie de su tesis de licenciatura en Letras por la UNR, dentro de un listado de antologías de literatura argentina.


En 2007, Camila Catanzaro estaba investigando la currícula de escuelas rurales santafesinas para su beca doctoral y encontró la cita de Bardamu. Ahí empezó su búsqueda. Le llevó dos años: las hojas mimeografiadas de 1933 en el archivo de la Comuna de Monje, la edición de Longo en una librería de usados de Temperley, la de 1944 en la Biblioteca Argentina. Publicó cuatro papers entre 2008 y 2010 que casi nadie leyó, y después convenció a una amiga, dueña del sello independiente Editorial Maja, para reeditarlo.


Su tesis es que Fraunhoffer con su curaduría creó una obra distinta, independiente del material original. En la que escribió, sin decirlo y probablemente sin saberlo, una definición de la Patria.

 

El argumento va así. Todo lo que Fraunhoffer sacó de los doce textos tiene una sola cosa en común: es lo que no se puede comprobar. Un chico de La Boca de Monje podía verificar la isla, la creciente, el caballo, la mulita, la lluvia sobre el techo. No podía verificar nada de lo otro: ni la batalla histórica, ni el Tirano o el Prócer que la protagonizó, ni las leyes, los argumentos, las excusas. Eso solo puede creerse.


El costo del recorte es una pérdida doble: los textos se presentan sin épica y sin denuncia. Un Martín Fierro sin la crítica a la frontera es tan incompleto como uno sin las muertes.


Sobre la cita de Víctor Hugo que falta en el capítulo del Facundo dedicado a las pulperías, Catanzaro escribe la frase más audaz de su estudio preliminar: Fraunhoffer eliminó la definición del gaucho hecha por un francés que nunca vio uno porque su Patria, la del maestro rural, no admitía testigos externos, no podía ser certificada desde afuera.


Basa su hipótesis en una frase que está en la segunda página del prólogo de 1938, antes de las consideraciones sobre el volumen de la voz infantil al aire libre. Dice:


"No se ha creído necesario agregar nada a lo ya escrito por otros, sino apartar de esas páginas aquello que el niño no pueda comprobar por sí mismo; que la Patria no es materia de enseñanza sino de reconocimiento, y a la escuela le cabe apenas ordenar lo que el niño ya tiene”.


 

Un viaje al país