“Que nuestros pies no interesan
tanto como nuestros pasos.”
Facundo Cabral – Nuestros pasos.
I
Entra una chica a la cafetería donde trabajo. Habla con un acento argentino medio entrecortado, pero pregunta cosas específicas en inglés. Vivir afuera te afina el oído, te reduce el odio. Estamos en España y ella lleva, a primera vista, la fisionomía del norte de Europa. Mide casi un metro ochenta, tiene ojos celestes y el pelo rubio. Pregunta si las medialunas que se venden en el local son las típicas de Argentina. Le digo que sí. A la hora de confeccionar su pedido, me sorprende como arrastra la «erre» y pronuncia la doble ele como «sh». Para sacarme la duda, le pregunto de dónde es. Me dice que nació en Dublín y que vivió desde los ocho hasta los quince años en Argentina. Agrega que todos los años, después de irse, sigue visitando a sus amigas que quedaron allá. La miro con extrañeza y admiración, otra vez, y le pregunto en qué parte del país vivió. Me cuenta que vivió en Mardel, así lo dice, con esa expresión típica de lugareña. Le pregunto qué hace en España y me cuenta que se vino a vivir acá por temas de trabajo, como lo hizo su papá anteriormente cuando ella era niña. Agarra la medialuna en cuestión, la moja en el café con leche y se traga un pedazo. Me hace un pulgar arriba y agrega con la boca llena: “Está buenísima”.
II
Cuando te alejás del territorio donde naciste, la patria pasa a ser un traslado. Algo que se disloca y transforma en movimiento. Algo que puede no aparecer nunca o estar presente todo el tiempo. Cuando una persona decide emigrar, irse de un territorio a otro, algo de la huella patriótica muta. Toma otro tipo de dimensiones. Se vuelve más compleja. A veces densa, otras veces un poco más ligera, algunas veces certera y otras veces un poco más indescifrable. El axioma lacaniano que utilizó el último gobierno desarrollista con bases neoliberales de la Argentina: “La patria es el otro”, puede servir, más allá del slogan propagandístico, para orientar a quienes decidieron, deciden o decidirán construir su patria afuera.
En algún momento, cuando vivís en el territorio donde se forjó tu patria, es decir, dentro del paisaje que la asimila primero, hay algunas preguntas que dejan de formularse. Y está bien que así sea. Eso es la cohesión. Una especie de totalidad que hace que muchas personas puedan convivir dentro de un lugar con un cierto tipo de relajo. Delirio colectivo que te permite ser quién sos, sin tantos miramientos. Cuando vivís fuera del territorio donde se forjó tu patria, es decir, en otro paisaje no asimilable, esas preguntas, que a priori no formulás, pasan a ser, muchas veces, el centro de la vida.
Es por eso que, paradójica y contrariamente a lo que se piensa, quien está afuera no olvida, tampoco presentifica todo el tiempo, sino que reformula dependiendo las condiciones. Y esa reformulación no es lineal. No es lo mismo pensar la patria cuando estás frente a un vasco, un andaluz, un catalán (porque estando en España te das cuenta que casi no existe eso que la gente se imagina que es un español) que, por ejemplo, cuando estás frente a un uruguayo, un marroquí, un ucraniano, un venezolano. Sobre todo, no es lo mismo contarle tu patria a alguien que tiene admiración o cierto entusiasmo por conocer los símbolos que te forman y rodean que frente a alguien a quien le importa un pepino la forma con la que ves el mundo.
La patria no es, ni más ni menos, que la forma en la que te parás frente al otro. Y esa forma puede ser muy distinta. “La patria es el otro”, por definición dialógica, porque es el otro, siempre, quien define lo que es tu patria.
III
El peluquero al que voy desde hace varios meses tiene acento castizo. Habla cerrado y no se le entiende nada. Como es jovencito, utiliza las palabras de moda de la juventud española: guay, en plan, chulo, mogollón, etcétera. En las peluquerías se puede hablar de muy pocas cosas. Es difícil tener una conversación y que no sea tensa con alguien que tiene un objeto punzante cerca de tu cabeza. Así que elijo hablar de fútbol. La primera vez que me atiende tiene puesta una camiseta de Valencia con el dorsal de Aimar, me llama la atención, entonces le pregunto qué relación tiene con “El payasito”. Me dice que ninguna, pero que sus abuelos viven en Río Cuarto, provincia de Córdoba, la ciudad natal de la que es el actual ayudante de campo de Scaloni y ex jugador de River Plate. Sorprendido, le pregunto si alguna vez viajó a Argentina. Me dice que sí, que pasó muchos veranos en la casa de sus abuelos. Y le retruco, sobre cuáles lugares del país conoce, y me dice que no conoce ninguno, que él se baja del avión en Buenos Aires, se sube al auto en el que lo espera su abuelo, y viajan directo hasta la casa en Río Cuarto. Y, es más, la casa no queda dentro de la ciudad, sino en Villa El Chacay, un pueblito paradisíaco y alejado a unos setenta kilómetros de la urbe.
IV
La patria es trascendencia. Puede ser descendencia. Milagro y condena. Algo que cambia. Pura tensión. Ya en el Congreso de Tucumán de 1816 hubo un deslinde conceptual. Una facción tenía una ambición continental, la idea de pensarse como pequeños puntos y unirlos. Otra proponía una desactivación colonial para la consolidación pragmática de las instituciones del Virreinato del Río de La Plata. La fuerza que prevaleció (aunque la otra concepción sigue presentando batalla) fue la de las Provincias Unidas del Río de La Plata, una construcción afinada en la centralidad del poder y el control de las periferias y su protagonismo. Se recuerda que en ese congreso, la Liga de los Pueblos Libres, (Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Santa Fe) estaba enfrentada militarmente con el Directorio, que de algún modo, hizo su patria entregando los sueños de otros. Toda concepción tiene sus costos, algo que queda afuera.
La patria fue, es y será siempre, el ámbito donde la gente se mueve y reúne. La gran patria podría haber sido la unión de todos esos ámbitos, una concepción más amplia que la liberal determinista. Pero, desde los comienzos de esa gran pregunta, la intelligentsia foránea (intelectuales criollos desarraigados) han operado contra esa imaginación. Gran parte del criollaje central ha aportado a la desunión vital de América mediante influencias extranjeras. Españolas, británicas y francesas. Es por eso que, durante toda la historia, fue difícil decir que la patria es una sola, si, desde el comienzo, la noción de conflicto fue superior a la de totalidad.
En Irlanda dicen que cuando dos hermanos discuten es que antes uno de ellos tuvo la visita de un británico. En Siria es probable que haya pasado lo mismo, pero con la intromisión francesa. No hay ningún rencor con el pueblo inglés, tampoco con el francés. El problema siempre ha sido la ambición desmedida de sus gobernantes. Porque es difícil, y muchas veces angustiante, pensar la patria con tantos hilos ocultos manipulando su forma de pensarla.
V
Hay una patria que se inscribe en el átomo. Esa que te enseñan en la escuela, la que se te curte en la piel viendo un partido de la selección de fútbol, la que ingresa en el cerebro en cada acto escolar, el himno cantado con la escarapela en el pecho viendo la nuca de tu compañero más petiso que vos. Y si sos el más petiso, viendo los tobillos de la maestra. Después, hay otra patria, una más tangible, que es la de cada lugar, la que en verdad es total. La que se construye en el trajín de lo cotidiano. El olor a corcho quemado con el que pintan al niño blanco en la cocina de la casa de clase media antes de salir al acto escolar, para recordar, un par de veces al año, que la Argentina todavía es mestiza. O el olor a mate cocido con pan tostado del desayuno de ese niño que no necesita del corcho quemado porque el color de su piel ya definió algo de su patria de antemano.
VI
Un amigo valenciano, interesado en la poesía argentina (tanto que fundó una editorial sólo de poetas de esa nacionalidad), me invitó a la presentación del último libro de su sello. Mi desconfianza era total: ¿Quién iba a ir a escuchar la presentación de un libro sobre un poeta sanjuanino, ya muerto, un martes de julio de 2026, casi en el mismo horario que la selección española jugaba los dieciseisavos de final del mundial?
Contra todo pronóstico, la presentación fue un éxito. Casi cuarenta personas escuchando atentamente a Ignacio Docavo Ferrán, junto al poeta y profesor de griego antiguo Guillermo Morales Sillas, recitar y hablar de forma apasionada sobre la periferia del lenguaje de un poeta periférico argentino. El poeta en cuestión es el sanjuanino Jorge Leonidas Escudero, fallecido hace casi una década.
Voy a realizar un harakiri. Porque la única escritura valiosa es la que se hace contra uno mismo. Confieso, contra todo pronóstico intelectual, que no conocía al poeta en cuestión, y que me enamoré de él, gracias al amor que Ignacio y Guillermo (ambos de otras patrias) tuvieron con su obra. La perspectiva litoraleña con dejos de porteñismo global que me habita, influenciada también por una forma franco-anglosajona de entender y estructurar el deseo lector, jamás me habría permitido reconocer la belleza oculta en los versos y cantos de este poeta.
Creo que hay algo de la patria que siempre está sostenido por el gusto. Y el gusto es, dentro de todo, una perspectiva peligrosa, un tanto vaga, para acercarse a las cosas que organizan la vida común. Porque si la patria es libertad, también puede ser sentencia. Amar un pedacito muy chiquito de tu suelo por solo haber nacido ahí, y perderte de muchos otros trocitos que, en verdad, también te componen. La gran patria, esa que todavía hay gente que se anima a pensar, es un anhelo de destino. Un collage brutalista que solo podés conocer si salís de los enquistamientos de la patria.
Después de la presentación, fuimos a tomar algo a un bar. Guillermo, en confianza, empezó a interrogarme sobre el castellano argentino y sus variantes. Él sabía. Su estudio me dejó perplejo. En un momento, mientras defendía y mostraba lo que yo reconocía de mi patria, frente a un profesor de griego antiguo, en un territorio que no es el mío, recordé un corto audiovisual en formato vertical (no voy a utilizar la palabra que Instagram te obliga a utilizar para referirse y achatar el trabajo de la gente) que realizó Luna Rey Cano junto a Popurrí hace unos meses. Saqué el teléfono, le mostré el video y, mientras tomábamos una cervecita en una terraza hermosa, vi, en el brillo de los ojos del poeta, la poesía que me constituye.
Todo esto me hace pensar que la patria, más que tantas cosas abstractas, son los sucesos que te abren a pensarla. Los que te desarman las concepciones previas e invitan a redirigir el timón hacia otro rumbo. Los ciento ochenta grados de incomodidad con los que desarmás el status quo con el que venís chipeado. Y tal vez, en esta ocasión, fueron dos personas nacidas y criadas en Valencia, al levante español, quienes me hicieron encontrar el camino de regreso a una parte de mí que no conocía. Como hizo José Martí o como hizo Domingo Sarmiento, o como hicieron miles de anónimos que no están en los grandes libros de la historia, este recorrido que estoy realizando por Europa no es más que para reconocer la patria que me habita.
VII
Cuando ves la patria -desde- afuera te encontrás con distintas formas de atravesarla. Las pasiones melancólicas están a la orden del día. Las escépticas también. Tal vez, esas dos fuerzas, sean las maquinarias del Estado y el Mercado haciendo lo suyo. La patria del Estado podría ser la del Pasado. La patria del Mercado podría ser la del Presente. El escepticismo de Mercado, es decir, la frivolidad técnica que te empuja a no anhelar tus raíces en pos de otros símbolos (entre esos pueden estar el dinero, el bienestar y la tranquilidad), tres grandes pilares del individualismo liberal de estos tiempos, transforman a todo andamiaje de responsabilidad, impuestos y creencias sobre el territorio y los desplazamientos que te formaron en un objeto a extirpar, una rugosidad insostenible que debe abandonar la lengua a la hora de vivir el aquí y el ahora, despojado y libre. Por otro lado, la melancolía de Estado está plagada de sentido, un relato que no deja lugar a la sorpresa, más cercano a la anécdota contada hasta el cansancio que al silencio de las pantallas. Si la utopía mercantilista se trata de la extirpación, la impotencia estatal se trata de la absorción. El Mercado, la imposibilidad de identificarse con algo propio, el Estado, la imposibilidad de identificar con otra cosa que no sea lo propio. Estas dos vertientes de la concepción de la Patria tienen en común la ausencia de interrogantes por el futuro. Tal vez, la pregunta más compleja de estos tiempos.
VIII
Entra una pareja a la cafetería. Trabajar en atención al público te da calle. Te regala la sociología que le falta a los sociólogos. Él habla un acento español con rasgos latinoamericanos. Lo atiendo rápido, pero tienen ganas de conversar. Ella habla con un acento más cercano, pero tiene dejos españolizantes. Le pregunto de dónde es y me dice que nació en Rosario y que su novio, el que tiene un acento español con dejos latinoamericanos, es andaluz. Los andaluces hablan parecido a los chilenos, y los chilenos a los mendocinos. Después de un rato de conversación, ella me cuenta que a los cinco años se fue a vivir a Barcelona, y que, desde esa edad, hasta ahora que tiene cuarenta, vivió ahí. Pero que todos los años intenta ir a Rosario a visitar a sus parientes. Me cuenta que es fanática de Newell’s y que el año pasado llevó a la cancha a su novio. Le pregunto al andaluz qué es lo que más le gustó de la ciudad, me dice que le gustó mucho el río, pero lo que le pareció genial fue el arbolito de navidad de la rotonda de Pellegrini. Sobre todo, porque su pareja le contó que cuando era chica el papá la llevaba a dar vueltas en redondel por ahí. Viajar para las fiestas. Le pregunto por qué zona viven sus parientes y me cuenta que viven a menos de doscientos metros de la casa de mi infancia. Cuando le digo, ella empieza a enumerar y ubicar lugares del barrio. En un momento empieza a preguntarme cosas y repetidas veces se dirige a mí como “Vecino”. Yo no lo siento así, pero le sigo el juego para que se sienta feliz. “Vecina”. La patria, muchas veces, es una mentira necesaria, algo que alguien necesita para no perderse en la nebulosa complejidad de la orfandad que estar en el mundo, pero lejos de tu mundo, te brinda.
IX
Hay dos principios fundamentales sobre los cuales la patria, como todo símbolo, construye su relato. Uno es la fe, es decir, la certeza incrédula. Otro es la duda, es decir, la temeridad insistente. En esa clave, entre el orgullo y la vergüenza, sería beneficioso encontrar una concepción que sitúe a sus protagonistas más allá del binomio. No como los mejores, ni tampoco como los peores, sino como dignos representantes de la responsabilidad que se tiene frente al curso de la historia.
Un gran ejemplo de esa situación fue cuando Jorge Bergoglio dejó de ser Bergoglio para la Argentina y pasó a ser Francisco I para el mundo. El Papa tuvo en claro que, como profeta más allá de su tierra, iba a tener una relación de tensión y dicotomía con su patria primera. Eso no lo obnubiló, le dio potencia. Supo que los problemas de la Humanidad eran más urgentes que las pequeñas diferencias narcisistas de la Patria. También insistió con que las respuestas a las preguntas no están en el Norte, sino en el Sur. No hay gesto más patriótico que lograr ese diagnóstico. Frialdad y sacrificio. Francisco decidió no regresar a su país durante todo su papado porque supo que eso era lo que su país necesitaba. Tamaña verdad, que todavía no se ha aprehendido.
Francisco decía que la Patria era un don heredado, pero que la Nación era una tarea. Tal vez, en esa repetición, en ese mantra, esté el ejercicio. Ir contra el centro, el poder y los dogmas. Habitar la periferia, la sencillez y la misericordia. Prestarle un poco más de atención a la fragilidad que compone la oralidad del día a día y no tanto oído a los grandes relatos. Una casa común sería eso, un lugar donde entren todas las patrias que forman una patria. Una oración hecha de muchas oraciones. Oración. Un lenguaje antiguo que pueda salvarnos. En fin, una patria que le preste más atención a los pesebres y menos a los palacios. Algo sencillo.
X
Los romanos decían «ubi bene, ubi patri», es decir, la patria está donde está el bienestar. Pero esa concepción queda renga. Porque la patria también es lo malo. El defecto que te nombra. Hay dos imágenes fuertes que pueden hilar esta propuesta. El padre que sostiene orgulloso a su bebé recién nacido. El hijo que va a rendir honor a la tumba de su padre. Entre esos dos polos, esos imaginarios comunes, está la patria: la que atiende, la que cuida y la que escucha.
Cada quien tiene su forma de imaginarla. Pero la patria, en sí, ya fue imaginada. Es como le dijo una vez Charly García a Lali Espósito cuando ella le dijo que hacía música. Ya está hecha. El tema, en creencia, es a qué tradiciones, líneas, vertientes, las personas se inscriben. Un gran ejercicio puede ser volver al arte para pensar la patria. Porque, en la forma de pensar hebrea, la palabra volver es sinónimo de responder. Volver para responder.
En las propuestas incisivas del legado mesiánico del Dios, Patria y Familia, y en las confusiones tecnocráticas del delirio solipsista del Dinero, Globalismo y Yo, están los límites. Tal vez, estos dos faros psicodélicos iluminen la pesadumbre de estos tiempos, los flashes teleológicos sobre los que hay que posar para quedar bien para la foto de la época. Por eso, de vez en cuando, está bueno saltarse el casillero de la posmodernidad. Dejar los ismos de lado para reconocer lo que te une y diferencia con el otro más allá de lo ya conocido.
Existe una serie de programas titulado La patria a cuadros donde Daniel Santoro conversa junto a María Moreno sobre La vuelta del malón (Ángel Della Valle, 1892), Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires (Juan Manuel Blanes, 1871), El despertar de la criada (Eduardo Sívori, 1887) y Sin pan y sin trabajo (Ernesto de La Carcova, 1894). En esos capítulos transmitidos por la Televisión Pública, que todavía están en YouTube, se puede dilucidar una reinterpretación de lo patriótico desde una concepción estética, y una serie de respuestas a ciertas preguntas del radio de la intimidad argentina, es decir, de la patria propia, que solo tiene una respuesta: la patria son todas las fuerzas que se chocan en ese barroquismo existencial que jamás podrá ser capturado por una sola forma de pensar la patria. En la contingencia del arte tal vez esté la fuerza más creativa para reconocer cuántas patrias se tienen, y cuántas se pueden querer.
XI
A los finales no se llega. Los finales se encuentran. Y cuando estaba por cerrar y enviar este texto a corrección, Christian, un amigo paraguayo, me invitó a tomar un tereré a la playa. Dejé el texto enfriar y me fui al encuentro. Con una taza de metal con yerba Kurupi y una jarra de agua con hielo, conversamos varias horas sobre la Guerra de la Triple Alianza frente al mar. Sobre las posibilidades y potencias que tenía su patria hasta que sucedió ese acontecimiento cruel, brutal y bochornos del cual nuestra patria fue parte. Le pedí perdón por eso. No sé por qué, pero sentí que estaba bueno hacerlo. Hubo algo ahí. Él no se hizo el desentendido, ni tampoco le bajó el precio al sentir, lo aceptó. Construimos un reparo. Para que te perdonen tenés que pedir perdón, pero el otro es el que hace el gesto de grandeza, el que abre el espacio. El que gana siempre es el perdonado. Después me fui a cenar a la casa de una amiga de Uruguay y le conté esto que me había pasado, ella también me dijo que sentía algo así, parecido, con los bombardeos en Plaza de mayo de 1955, por el lugar que Uruguay ocupó estratégicamente en ese atentado. Yo también lo acepté. Una cadena de perdones. Cuando te abrís a la sensibilidad hay cosas que corren mucho más sutiles. El arte de sanar. Tal vez haya muchas formas de terminar este texto, pero creo tiene que terminar así. Una patria, la que me gustaría seguir inventando, es esta, una que pueda pedir perdón, una que sepa perdonar, una patria perdonada. Nada más, y nada menos.
Perdón, patria mía, yo también, alguna vez, metí la pata.



