1.
Refiere el manuscrito que el Consorcio, no contento con administrar los bienes y las fronteras del orbe, había instituido un rito periódico al que llamaba el Gran Cónclave: una asamblea de delegados de todas las naciones, reunida en una sala circular bajo una cúpula de cristal, cuya sesión final se transmitía, por mandato del propio Consorcio, a la totalidad de los pueblos del planeta en el mismo instante. Se discutían allí fronteras, tratados, reparaciones antiguas. El reglamento del Cónclave —redactado, según el copista, "con la neutralidad de quien no tiene nada que perder"— prohibía toda inscripción, estandarte o proclama "de naturaleza política, religiosa o de soberanía" dentro del recinto y en un perímetro de varias leguas a su alrededor. El Consorcio no necesitaba ejércitos: le bastaba con poseer, durante esas horas, el ojo del mundo entero.
Aquel año se discutía, una vez más y sin resolución, la vieja disputa entre la delegación del Sur y los Heraldos del Reino, viejos contrincantes y herederos ambos de una guerra civilizatoria que aun, después de insistentes intentos por parte del Reino, el Sur había decidido concienzudamente, jamás olvidar.
A cada delegado, el Consorcio le entregaba, al ingresar al recinto, un Espejo: una lámina que llevaba consigo durante toda la sesión y que le devolvía, según se decía, no su rostro sino su propio juicio ya formado. Apenas cerrada la sesión, sin embargo, todos los Espejos del recinto, sin excepción y sin remitente, mostraron a un tiempo la misma imagen: El Lienzo. Para la hora del té, era demasiado tarde para frenar la información. Los pueblos enteros del mundo conocían lo que para la Delegación Sur era una verdad tan obvia, tan fuertemente instalada en su torrente sanguíneo que ninguno de ellos percató estar incurriendo en una traición a la ley del Consorcio. Un símbolo de paz no puede generar tanta discordia.
El manuscrito recoge versiones inconsistentes sobre el evento noticioso. Recortes de diversos diarios completan la cartografía del archivo, hoy resguardado en un sótano de la Isla Grande del Sur donde el copista lleva su tarea a mano. El título primero enfatiza en una conspiración. El manuscrito aclara que familiares del comando quisieron atribuir tal hazaña a su apellido, pero el noble operario del hackeo decidió mantener el anonimato. Otros reportes afirman crímenes de otros siglos, mientras el más amarillista de ellos destaca “arrogancia”. ¿Quién enarboló ese trapo en bandera? El copista no dirime cuál de las crónicas es cierta. Anota, en cambio, que las tres coinciden en algo. Inexplicable, todo el mundo vio y luego de eso fue imposible dejar de ver.
El Consorcio, humillado ante su propio público, censuró el incidente en su comunicado oficial. Los heraldos del Reino lo llamaron "una provocación indigna de una institución civilizada" y exigieron sanciones. Ninguno de los dos, confirma el manuscrito, con una frialdad que roza la burla, pudo explicar por qué sin autor, sin firma y sin permiso se había logrado en un segundo de transmisión no autorizada lo que sus tratados y sus embajadas no habían logrado en cuarenta años de sesiones: que un pueblo entero, disperso en mil ciudades, se reconociera al mismo tiempo en un solo objeto.
El copista termina su jornada y con el manuscrito bajo el brazo parte a su hogar. Un Lienzo flamea en cada cuadra de la ciudad. Lleva celeste en el cielo y en el mar con treinta y seis rayos que iluminan el centro. “Es un trapo nada más”, acusa uno de los titulares del manuscrito. Para el copista, el trabajo de toda su vida.
2.
Millones de almas, aun mediatizadas por la pantalla, se dejaron conmover por un pedazo de tela pintado. Frente a los ojos del mundo, una declaración de guerra. Para nosotros, frágil y temperamental, la única Patria que reconocemos. Las Islas Malvinas están ocupadas por Inglaterra desde 1833. El país británico ocupa ilegítimamente un tercio del territorio nacional. Esa noche, luego de que la última selección que acompañó a Messi en un mundial les ganara a los ingleses 2 a 1 en un partido para los infartos, un pueblo entero sublimaba años de injerencia extranjera, un grito de desahogo decolonial, un mimo al ego lastimado, una reivindicación histórica, un mito todavía vivo. Un gesto pírrico, inútil y potencialmente fallido, se convirtió en un acto cuyo camino a gesta será responsabilidad de los cantores y artistas, de los poetas por venir. Cada generación tiene su prueba de fuego, es imposible escaparle al embrollo.
¿Qué clase de justificaciones tenemos que esgrimir a los heraldos del norte, si somos nosotros los que tenemos el deber de proteger esta lengua común que compartimos?
Luego de un tiempo, podemos revisitar la reacción alrededor del espectáculo de fútbol en su versión profesional, el Mundial. Un deporte inventado por los ingleses y desarrollado en su calibre litúrgico por los argentinos no es solamente un deporte. Es una tecnología de punta para traficar e influenciar sobre todos los aspectos de la vida social y cultural de nuestros pueblos. En un mundo donde la Entidad produce, distribuye y censura la información, cualquier hackeo y filtración en los miles y millones de bits que fluyen constantemente por la red puede ser visto como una pequeña revolución, o como un programa más en la Matrix.
¿Es Argentina funcional a los poderosos, un código escrito que opera con gran destreza en el gran entramado de una conspiración mayor; o una excepcionalidad brillante y radicalizada que incomoda al Consorcio?
Todo a la vez.
Rodeados de algoritmos y cuentas matemáticas que ponderan la optimización de las cosas, el lenguaje nos queda cerrado, demasiado contenido para poder transmitir aquellas cosas que sabemos importantes por la dificultad misma de hacerlas reconocer. Somos constantemente hablados por el sistema. Mientras el algoritmo genera nuevas etiquetas y categorías, más difícil se nos hace interpretar la realidad de una manera criteriosa y sobre todo propia. Lo que Jaureche llamaba zoncera, esa estupidez organizada de repetir con la mejor buena fe, el sentido común que otro fabricó para que alguien lo repita, hoy podemos identificarlo con la estructura tecnológica de esta nueva era.
La campaña anti Argentina, es quizás la propia Entidad, tratando de fagocitar y categorizar aquello que para nosotros es demasiado polémico, abierto y grande para hacerlo entrar en sus etiquetas de mercado. La Patria, para un argentino es algo más parecido a un hogar, no tanto un arma con la que pretendemos controlar a otros pueblos. No es propaganda, es cultura lo que tenemos para ofrecer: una forma muy particular y disidente de estar siendo en el mundo, no un lugar al que llegar, sino uno a donde volver.
Sí de riesgo de balcanización hablamos, no hay teorías conspirativas que nos alcancen. Hace falta subir al transporte público o presenciar una reunión familiar, si eso sigue existiendo, y preguntarse cuánto tardan los comensales en hacer un movimiento en el plano sagital donde el mentón se acerca al pecho para discurrir su mirada hacia un infinito horizonte de dopamina permanente. Cada quien en un feed personalizado, alimentado con un menú de indignaciones distintas, predispuestos consensuadamente a compartir el mismo barrio y hasta la misma sangre, pero provocados a una emocionalidad digna del enfrentamiento entre civilizaciones diferentes: ¿Zombies vs monstruos, cerdos vs ratas, cyborgs vs vampiros?
¿Quién queda parado en el medio?
Un par de locos, nomás. Gente que se niega, con una tozudez casi ridícula vista desde afuera, a delegarle a un tercero la tarea de decidir qué ama. Ludita no porque odie el celular — lo usa igual que cualquiera, a veces demasiado — sino porque se niega a que el celular le diga qué es sagrado. Destructor de clústeres cada vez que se encuentra, se reúne y se sorprende, cada vez que la distancia físico-temporal que nos separa se achica, o la achicamos sin que ningún algoritmo lo prediga. Pontífice de nicho, con la humildad de la palabra: no aspira a ser tendencia mundial, sino a la idea de que el grupito siga entendiéndose sin subtítulos.
3.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 arrancó con una polémica, particularmente en el universo progresista. Jugarlo, celebrarlo, entregarse a él, se leyó, para algunos, como distracción culposa en medio de un contexto tenso. Una guerra más en Medio Oriente, siempre la misma guerra; las denuncias por corrupción en el Gobierno Nacional y en los Gobiernos, cargaron de sospechas cualquier festejo o pulsión de vida. Se trata del síntoma freudiano de gran parte de nuestras tradiciones políticas, incapaces de comprender o incluso, en el peor de los casos, hacer uso del Pueblo y su Patria por fuera de la culpa o la incomodidad. La objeción del fútbol como opio de los pueblos tiene siglo y medio de bibliografía, pero no deja de revelar una represión mayor dentro de la psiquis del sistema político. La Patria como categoría sospechosa, reaccionaria por default; se la reformula en eufemismos o directamente se la esquiva. Idealmente, una idea sin fisuras y a veces sin crítica.
Ningún actor, del ya-no-tan amplio sistema llamado Casta, termina de responder con precisión qué entiende por Patria cuando la nombra. Pero, entonces, ¿es la Patria una pregunta que puede responderse?
Messi jugó, probablemente, su última Copa del Mundo. La carta de despedida a Jorge, luego de su fallecimiento por un cáncer maldito, condensa el sueño del pibe argentino: jugar a la pelota para ver sonreír a su papá. El rosarino que ya vivió más tiempo en el exterior que en su ciudad natal, sigue comiéndose las eses, sonríe en las fotos con Donald Trump y se convirtió en el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Fue su last dance, y mientras para algunos era necesario que hiciera declaraciones, para otros solo hacía falta verlo gambetear. No nos sirve que explique qué es ser argentino porque lo demuestra cada vez que toca la pelota; exigirle el paso extra -la declaración, la postura, el comunicado- es pedirle que traduzca a un lenguaje ajeno algo que ya está dicho, mejor, en el suyo.
Para la generación Messi, aquella que no vio a Maradona, ni tuvo la guerra de Malvinas, ni recuperó la Democracia, la Patria no se representa por mandato discursivo. Es probable que seamos los hijos rebeldes del posmodernismo postestructuralista, del giro lingüístico y la deconstrucción. Somos más de los memes, de las reducciones literarias y los gestos. Buena parte de las tradiciones políticas modernas, obligadas a la gramática del contrato y la rendición de cuentas, no tienen las herramientas para dar cuenta de ese reconocimiento sin caer en la homogeneización nacionalista o en la fragmentación individualista. La Patria, entonces, como gesto que se reconoce y no como relato que se declara es un problema para quienes nos tienen incentivos en hacer, sino solo en decir. En la cancha se ven los pingos, decía la abuela.
Pero además de no ser discurso, la Patria no es un trámite en el Registro Civil de la conciencia ni una fecha patria en un acto escolar. Amelia Podetti insistía en que Latinoamérica sólo se puede pensar a sí misma desde el margen, desde la periferia, esa que el llamado Centro nunca pudo mirar de frente al ser el espejo más fiel de sus atroces intereses. Ese lugar de margen —lejos de ser una desventaja— es el único lugar desde donde se puede ver el conjunto. La Patria es esa mirada desde el margen que decide no pedirle permiso al centro para saber quién es. Leopoldo Marechal se pasó una novela entera buscando a Buenos Aires como quien busca una ciudad santa dentro de una ciudad cualquiera. Es una búsqueda que cada generación tiene que volver a hacer con sus propios pies, porque el que hereda la respuesta sin haber caminado la pregunta termina con una Patria de museo.
El trapo blanco convertido en bandera es nuestra Mano de Dios, un milagro autorizado por la picardía plebeya de un particular estilo de estar siendo en el mundo. Nadie la diseñó, ni la planificó en sus consecuencias, nadie la autorizó, nadie explicó su significado antes de mostrarla, y sin embargo la reconocimos en el mismo segundo. Eso es lo que un símbolo administrado jamás puede ofrecer: el trabajo, colectivo y sin atajos, de investir de sentido un pedazo de tela que por sí sola no es más que tela y pintura barata. Ese trabajo, la politeia en su forma más elemental, es la formación de una conciencia. No es posible instalarla como una app, requiere el tiempo de hacerse cuerpo despacio, con otros y con una velocidad que la eficiencia no está dispuesta a regalarnos.
4.
Si algo nos dejó el Gran Cónclave, y sobre todo aquello que llamamos “Campaña Anti Argentina”, es poder mirar a nuestra cultura con otros ojos. A pesar de haber incurrido en demagógicas melodías que eliminaban conscientemente todo vestigio de racismo, la cultura argentina tiene sus brazos abiertos. Integra y metaboliza, con notables y lógicas dificultades, aquello que se le presenta como otredad. En ese flanco, nuestra infraestructura tecnológica es un blanco liberado para vendernos nuevos y más sofisticados espejos de colores.
Es por eso que hablar de soberanía tecnológica no es la fantasía romántica de programar nuestro propio algoritmo para pelearle de igual a igual al Consorcio de turno. Ilusión que además terminaría reproduciendo la misma lógica del enemigo con otro sello. La Entidad insiste en condicionar la perspectiva de nuestra realidad, por lo que hablar de soberanía en ese terreno significa algo más incómodo y más nuestro: seguir siendo, como pueblo, los que deciden qué significan sus propios símbolos. De acá no se sigue un repliegue monástico ni la quimera adolescente de tirar el celular al río. El enemigo nunca estuvo en la herramienta, estuvo siempre en quién se queda con el derecho de decir qué significa lo que hacemos con ella.
En un tiempo confuso y veloz, la Patria y su gesto queda capturado en un loop de sentidos y significantes imperceptibles para el entendimiento humano. Retornar a casa, se vuelve entonces una propuesta híbrida, y por eso menos cómoda: ocupar esas mismas plataformas con gesto y no con engagement, con comunidad y no con segmentación.
Hacer, primero: producir con lo que hay a mano, una sábana de hotel o un grupo de amigos, en lugar de esperar el momento perfecto que el algoritmo jamás va a señalar porque no le conviene que llegue. Difundir, después: no guardarse lo hecho por miedo a que lo consuma la misma máquina que uno quisiera esquivar — ese riesgo es preferible y nos curte el cuero mil veces al mecanismo repetitivo y loopeado de la zoncera algorítmica. Reunirse: buscar el cuerpo presente, la mesa, la previa, la peña, todo lo que el enjambre digital no puede simular porque exige tiempo, cercanía y la incomodidad de mirarse a la cara. Y volver a salir: no quedarse adentro de la reunión, satisfecho de haberla tenido, sino salir de nuevo a contar lo que se vio — salida evangelizadora en el sentido más literal, buena noticia que se reparte puerta a puerta, timeline por timeline, porque el mejor gesto de conservación no es guardar el tesoro bajo siete llaves sino salir a mostrarlo, aunque se gaste, aunque se ensucie, aunque alguien del otro lado del mar lo llame repugnante.
El Lienzo fue finalmente donado a un museo en el Fin del Mundo, donde nació un Papa, donde se vigilan las próximas fronteras de la humanidad. Sin pedir permiso, una cadena de complicidades no dichas, un loop de gestos. Hacer, contar, reunirse, es, a esta escala mínima y cotidiana, toda la Patria que nos queda por defender.



