El recipiente sentimental

por Luna Rey Cano

El recipiente sentimental


Me gusta pensar en la patria como ese lugar donde nuestra raíz puede penetrar el suelo. Le da una dimensión vegetal al concepto que me seduce. Las plantas sin raíces no viven; algunas se las ingenian con otro tipo de mecanismos para subsistir —adaptaciones evolutivas—, pero la raíz sigue siendo el órgano subterráneo principal: absorción de agua y nutrientes, anclaje al suelo, almacenamiento de reservas. La patria está donde me puedo anclar, donde me puedo quedar, donde puedo echar raíz. Y las raíces no penetran en cualquier suelo: tiene que ser un suelo próspero, fértil, poderoso y capaz de sostenernos.


Compartiendo este devenir vegetal, pienso en el cordón umbilical, lo más parecido a una raíz que tenemos los seres humanos en la etapa más importante de nuestra vida: esos meses en el vientre materno donde, con sus casi sesenta centímetros, comienza la vida al ritmo del de nuestra madre. Luego de nueve meses, nos abandona al salir de ese medio acuoso.


Los mayas entierran los cordones umbilicales al pie de los árboles, para que el niño mantenga un arraigo profundo a su tierra natal al crecer. Es la siembra más importante de sus vidas —sembrarán maíz, cacao, harán la milpa— pero el ombligo en la tierra es trascendencia. Y es también unión: la vida no puede entenderse sin el monte, sin la lluvia, sin el viento, sin el territorio. Se nace como los árboles nacen en un bosque, ese bosque forma comunidad: los árboles añosos son nuestros abuelos, pero también están los brotes, los recién nacidos. La finalidad de ese ritual maya es vincular al recién nacido con la naturaleza, con la tierra, para que no la traicione, no la lastime, no la venda. A la patria hay que cuidarla, amarla.No hay patria sin entierro, sin unión, sin devenir.

 

Úrsula Le Guin sostiene que el primer dispositivo cultural seguramente no fue un arma, sino un recipiente. Antes de la lanza —la herramienta que hiere— estuvo la bolsa: lo que cobijan, lo que cuida, como el útero, la tecnología necesaria para mantenernos vivos.


¿Qué sentido tiene ir al bosque a recolectar semillas, raíces, brotes, frutas si no es para volver y compartir?


Para eso necesito, mínimamente, un cuenco, una red, una vasija, algo que me permita transportar y llevar el alimento. Y así, volver de la travesía al hogar, a otro tipo de cuenco, red, vasija, más grande.


La patria es ese hogar inmenso que te acobija, que te envuelve, que te hace comprender que sola no podés. Al igual que las plantas, ninguna sobrevive por su cuenta, necesita de otras iguales y otros distintas, del polen ajeno, de las abejas, de los hongos y de las raíces por debajo del suelo, que llevan y traen.


En esta historia, como dice Le Guin, no hay un solo héroe, el que cazó al mamut de forma heroica: hay muchos más héroes dispuestos a cuidar, a dar todo por el hogar, por la patria. Cada quien, con sus dispositivos contenedores de ternura, conduciendo y conformando la patria sentimental. Llevar y traer, hasta los propios mecanismos celulares (invisibles al ojo humano) desarrollan bolsas para transportar. La patria es una red de sentimientos movilizados por otros, por otras, iguales y distintas.

 

Nuestra historia se transcribe en el suelo, en forma de estratos, con restos de raíces y sedimentos. Se amalgaman con lo impredecible y lo imprescindible. Los que vinieron antes hicieron lo imposible para que en esta patria pudiéramos brotar en forma de raíces. Los que tuvieron que agarrar la lanza para defenderla y las que tuvieron que curar las heridas de guerra con ungüentos de yuyos recolectados. Domesticar la patria fue con la lanza y con la bolsa: nuestra historia es las dos cosas a la vez.


Quedarse para que la raíz penetrara fue, para los primeros que habitaron esta tierra, un desafío enorme: hubo que domesticar el suelo, las semillas, los animales. Esa fue la primera patria. La patria antes de tener nombre. La patria antes de la patria. Junto a la bolsa transportadora de herramientas y semillas, también estaban los sueños: conquistar, hacer, enamorar. Porque la patria antes de suelo, es sentimientos.


Después vino la invasión. En nombre de otra patria, una lejana y foránea: nos gobernaron desde lejos durante cientos de años. Usados y saqueados, la nación, por fin llegó, en forma de independencia. Reconquistarla fue duro, hacerla nuestra de vuelta, no por primera vez.


Por suerte el suelo no se olvida. Nos recuerda y reconoce el ritmo de nuestros pasos milenarios. Volvimos a un lenguaje conocido, amasado, aprendido, en forma de caravanas, recorriendo desiertos, cruzando cordilleras, acompañados de fríos extremos, y navegando ríos turbulentos.


San Martín con las nubes en los pulmones dijo: "Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar; cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada".

 

El amor por la patria es visceral, y para sentirlo hay que ser valientes. Porque la historia no siempre es amable y cariñosa, también es de lágrimas, de sangre y de impotencia. Ufff… Cuántas veces la patria se nos fue como arena por las manos. Generaciones enteras con un dolor desde las entrañas, el dolor de sentir que, a pesar de que la patria era nuestra, tuya, de todos, se nos escapaba igual.


Parece ser la condena por haber sido rebeldes y no sumisos, por no habernos rendido. Por haber creído que nos pertenecía y por recuperarla. Por haber tenido la delicadeza de contagiar a otros, llenarles el pecho de la misma valentía. Por haber hecho nuestras propias formas de patria, con guapeza, con aliento primitivo y con fuerza salvaje.

 

Me pregunto yo, Luna, nacida en el 98, qué es esta patria: visceral y sentimental.


La patria es el lugar donde transito, habito, sueño, lucho y me enamoro. Eso para mí es la patria. Intento enraizar cada paso que hago, y en ese enraizar me conecto con otros. Sé que soy pasajera, que antes de mí pasaron otras y después de mí pasarán más.


Mi vida sobre esta patria es una especie de danza, que no parece tener dirección, ni coordenadas; su fin (si es que lo tiene) es aprender todo lo que más pueda. Absorber, como una raíz, los nutrientes del suelo que me rodea.


En mi danza por habitar este suelo, antes que la lanza, elijo el recipiente, mi caja de herramientas, mi vasija favorita. La llevo conmigo a todos lados. Tiene colmillos por si hace falta, la tierra con memoria de mi primer hogar, las ramitas del sauce que supo ser mi casa, las semillas de cada huerta que recorrí, la secuencia completa de mi ADN, recetas de remedios caseros, anzuelos para las corrientes dulces y saladas, cada portable deseoso de ser compartido, con otros.


En mi paso por esta historia, como mamífera, peluda y extravagante, se me pegan los artefactos de los demás, como chinches, y con mis movimientos bruscos las voy desparramando, chinches con gusto a saberes, vivos y muertos, capaces de enraizar. Pequeños cordones umbilicales que voy desperdigando por el tránsito. De esta forma la patria se transforma de raíz, en singular, a raíces, en plural. Mixtas, diversas, con el propósito de hacer vivo este suelo. Un suelo sin raíces no está vivo, es estéril, y la patria no es estéril. Kusch. Sin suelo no hay arraigo, y sin arraigo no hay sentido.


Mientras tanto elijo no disparar la lanza; las puntas de las flechas, esos líticos delicadamente tallados, quedan en memoria de sus antiguos dueños. Son parte de nuestra historia, llevo una conmigo en forma de amuleto. Me recuerda que a esta tierra con memoria hay que defenderla, como a un elemento vital, preciado y precioso.


La patria existirá mientras haya quien la sueñe. Para eso necesitamos voluntad, convicción e imaginación política. Sembrar para cosechar. Un loop. El ciclo vuelve a empezar. Brote y raíz. Animándonos a soñar, a proyectar, a inventar formas para seguir enraizando, en conjunto, en comunidad, en pueblo.


La patria es el gran hogar que nos acobija, que nos cuida si la cuidamos. Es sentimental, porque lo que hacemos y sentimos lo hacemos con todos los que caben aquí, en este vientre inmenso, escribiendo nuestra propia historia para la trascendencia. Y sobre todas las cosas, soñar, porque la nación existe en la medida en que haya un grupo de personas que la imagina, que la sueña.

 

 

CENTRO CULTURAL CONTRAVIENTO
El recipiente sentimental

por Luna Rey Cano

Me gusta pensar en la patria como ese lugar donde nuestra raíz puede penetrar el suelo. Le da una dimensión vegetal al concepto que me seduce. Las plantas sin raíces no viven; algunas se las ingenian con otro tipo de mecanismos para subsistir —adaptaciones evolutivas—, pero la raíz sigue siendo el órgano subterráneo principal: absorción de agua y nutrientes, anclaje al suelo, almacenamiento de reservas. La patria está donde me puedo anclar, donde me puedo quedar, donde puedo echar raíz. Y las raíces no penetran en cualquier suelo: tiene que ser un suelo próspero, fértil, poderoso y capaz de sostenernos.


Compartiendo este devenir vegetal, pienso en el cordón umbilical, lo más parecido a una raíz que tenemos los seres humanos en la etapa más importante de nuestra vida: esos meses en el vientre materno donde, con sus casi sesenta centímetros, comienza la vida al ritmo del de nuestra madre. Luego de nueve meses, nos abandona al salir de ese medio acuoso.


Los mayas entierran los cordones umbilicales al pie de los árboles, para que el niño mantenga un arraigo profundo a su tierra natal al crecer. Es la siembra más importante de sus vidas —sembrarán maíz, cacao, harán la milpa— pero el ombligo en la tierra es trascendencia. Y es también unión: la vida no puede entenderse sin el monte, sin la lluvia, sin el viento, sin el territorio. Se nace como los árboles nacen en un bosque, ese bosque forma comunidad: los árboles añosos son nuestros abuelos, pero también están los brotes, los recién nacidos. La finalidad de ese ritual maya es vincular al recién nacido con la naturaleza, con la tierra, para que no la traicione, no la lastime, no la venda. A la patria hay que cuidarla, amarla.No hay patria sin entierro, sin unión, sin devenir.

 

Úrsula Le Guin sostiene que el primer dispositivo cultural seguramente no fue un arma, sino un recipiente. Antes de la lanza —la herramienta que hiere— estuvo la bolsa: lo que cobijan, lo que cuida, como el útero, la tecnología necesaria para mantenernos vivos.


¿Qué sentido tiene ir al bosque a recolectar semillas, raíces, brotes, frutas si no es para volver y compartir?


Para eso necesito, mínimamente, un cuenco, una red, una vasija, algo que me permita transportar y llevar el alimento. Y así, volver de la travesía al hogar, a otro tipo de cuenco, red, vasija, más grande.


La patria es ese hogar inmenso que te acobija, que te envuelve, que te hace comprender que sola no podés. Al igual que las plantas, ninguna sobrevive por su cuenta, necesita de otras iguales y otros distintas, del polen ajeno, de las abejas, de los hongos y de las raíces por debajo del suelo, que llevan y traen.


En esta historia, como dice Le Guin, no hay un solo héroe, el que cazó al mamut de forma heroica: hay muchos más héroes dispuestos a cuidar, a dar todo por el hogar, por la patria. Cada quien, con sus dispositivos contenedores de ternura, conduciendo y conformando la patria sentimental. Llevar y traer, hasta los propios mecanismos celulares (invisibles al ojo humano) desarrollan bolsas para transportar. La patria es una red de sentimientos movilizados por otros, por otras, iguales y distintas.

 

Nuestra historia se transcribe en el suelo, en forma de estratos, con restos de raíces y sedimentos. Se amalgaman con lo impredecible y lo imprescindible. Los que vinieron antes hicieron lo imposible para que en esta patria pudiéramos brotar en forma de raíces. Los que tuvieron que agarrar la lanza para defenderla y las que tuvieron que curar las heridas de guerra con ungüentos de yuyos recolectados. Domesticar la patria fue con la lanza y con la bolsa: nuestra historia es las dos cosas a la vez.


Quedarse para que la raíz penetrara fue, para los primeros que habitaron esta tierra, un desafío enorme: hubo que domesticar el suelo, las semillas, los animales. Esa fue la primera patria. La patria antes de tener nombre. La patria antes de la patria. Junto a la bolsa transportadora de herramientas y semillas, también estaban los sueños: conquistar, hacer, enamorar. Porque la patria antes de suelo, es sentimientos.


Después vino la invasión. En nombre de otra patria, una lejana y foránea: nos gobernaron desde lejos durante cientos de años. Usados y saqueados, la nación, por fin llegó, en forma de independencia. Reconquistarla fue duro, hacerla nuestra de vuelta, no por primera vez.


Por suerte el suelo no se olvida. Nos recuerda y reconoce el ritmo de nuestros pasos milenarios. Volvimos a un lenguaje conocido, amasado, aprendido, en forma de caravanas, recorriendo desiertos, cruzando cordilleras, acompañados de fríos extremos, y navegando ríos turbulentos.


San Martín con las nubes en los pulmones dijo: "Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar; cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada".

 

El amor por la patria es visceral, y para sentirlo hay que ser valientes. Porque la historia no siempre es amable y cariñosa, también es de lágrimas, de sangre y de impotencia. Ufff… Cuántas veces la patria se nos fue como arena por las manos. Generaciones enteras con un dolor desde las entrañas, el dolor de sentir que, a pesar de que la patria era nuestra, tuya, de todos, se nos escapaba igual.


Parece ser la condena por haber sido rebeldes y no sumisos, por no habernos rendido. Por haber creído que nos pertenecía y por recuperarla. Por haber tenido la delicadeza de contagiar a otros, llenarles el pecho de la misma valentía. Por haber hecho nuestras propias formas de patria, con guapeza, con aliento primitivo y con fuerza salvaje.

 

Me pregunto yo, Luna, nacida en el 98, qué es esta patria: visceral y sentimental.


La patria es el lugar donde transito, habito, sueño, lucho y me enamoro. Eso para mí es la patria. Intento enraizar cada paso que hago, y en ese enraizar me conecto con otros. Sé que soy pasajera, que antes de mí pasaron otras y después de mí pasarán más.


Mi vida sobre esta patria es una especie de danza, que no parece tener dirección, ni coordenadas; su fin (si es que lo tiene) es aprender todo lo que más pueda. Absorber, como una raíz, los nutrientes del suelo que me rodea.


En mi danza por habitar este suelo, antes que la lanza, elijo el recipiente, mi caja de herramientas, mi vasija favorita. La llevo conmigo a todos lados. Tiene colmillos por si hace falta, la tierra con memoria de mi primer hogar, las ramitas del sauce que supo ser mi casa, las semillas de cada huerta que recorrí, la secuencia completa de mi ADN, recetas de remedios caseros, anzuelos para las corrientes dulces y saladas, cada portable deseoso de ser compartido, con otros.


En mi paso por esta historia, como mamífera, peluda y extravagante, se me pegan los artefactos de los demás, como chinches, y con mis movimientos bruscos las voy desparramando, chinches con gusto a saberes, vivos y muertos, capaces de enraizar. Pequeños cordones umbilicales que voy desperdigando por el tránsito. De esta forma la patria se transforma de raíz, en singular, a raíces, en plural. Mixtas, diversas, con el propósito de hacer vivo este suelo. Un suelo sin raíces no está vivo, es estéril, y la patria no es estéril. Kusch. Sin suelo no hay arraigo, y sin arraigo no hay sentido.


Mientras tanto elijo no disparar la lanza; las puntas de las flechas, esos líticos delicadamente tallados, quedan en memoria de sus antiguos dueños. Son parte de nuestra historia, llevo una conmigo en forma de amuleto. Me recuerda que a esta tierra con memoria hay que defenderla, como a un elemento vital, preciado y precioso.


La patria existirá mientras haya quien la sueñe. Para eso necesitamos voluntad, convicción e imaginación política. Sembrar para cosechar. Un loop. El ciclo vuelve a empezar. Brote y raíz. Animándonos a soñar, a proyectar, a inventar formas para seguir enraizando, en conjunto, en comunidad, en pueblo.


La patria es el gran hogar que nos acobija, que nos cuida si la cuidamos. Es sentimental, porque lo que hacemos y sentimos lo hacemos con todos los que caben aquí, en este vientre inmenso, escribiendo nuestra propia historia para la trascendencia. Y sobre todas las cosas, soñar, porque la nación existe en la medida en que haya un grupo de personas que la imagina, que la sueña.

 

 

El recipiente sentimental