El sábado pasado Julián no se pudo levantar de la cama. El cuerpo le estaba pasando factura del estrés de la noche anterior. Había salido a hacer unos pesos con Uber y fue demasiado. Le tocó un viaje turbio, con una chica que iba re-dura y varios controles de la Municipalidad buscando a choferes que usan la aplicación. La multa es de un millón y medio de pesos y Julián sabe que si lo agarran lo parten al medio.
Tiene 41 y trabaja desde los 15. Dice que siempre fue en negro. Los pocos aportes que tiene son por el monotributo, pero para el sistema nunca trabajó.
Julián usa el auto para todo. Hace mini mudanzas y delivery de alimentos para mascotas. Con eso paga el alquiler, siempre sobre el fin de mes. Agradece que el dueño de su casa sea piola. Usa el uber para cuando anda flojo. La semana pasada trabajó a full, juntó fortuna y todo se fue a pagar la tarjeta de crédito y los préstamos del banco.
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El despertador de Ernesto suena a veces a las ocho, a veces a las nueve, según cuánto tenga que trabajar ese día. No más temprano, tampoco mucho más tarde. Tarda quince minutos en salir de la cama. Se prepara un café, dos tostadas, un huevo revuelto y empieza a trabajar. Desayuna escribiendo. Con el celular, todo se puede resolver.
Tiene 29 años y vive en la zona oeste de Rosario, en el departamento que fue de su abuela. Como su familia vive en el mismo edificio, varias veces a la semana comparten la cena. Por suerte, no paga alquiler.
Ernesto es community manager en una empresa y es periodista deportivo. Tiene una página dedicada a cubrir noticias sobre su equipo. Ahí es su propio jefe. Si su medio crece, crecen las publicidades y con eso, los permitidos. Con el último salto que dio le alcanzó para anotarse en un gimnasio.
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Federico tiene 25 años y dos laburos. A la mañana, reparte pan. A la tarde trabaja en un club en Empalme Graneros. Le da clases de fútbol a dos categorías de pibes: chicos de diez y once años, chicos de doce y trece. Está recibido de profesor de Educación Física y dice que el del club es además de un trabajo, su militancia. Pasa demasiadas horas y pone todo el corazón y el cuerpo ahí. Le encantaría dedicarse a eso pero el sueldo no llega a los cien mil pesos.
Repartir panes le lleva a Federico entre tres y cinco horas por día. No tiene un horario muy fijo. Es por la mañana, sí, y lo más importante es que vaya y haga su trabajo. Le pagan por día, según la cantidad de horas que haga. La plata va en mano. No factura nada.
Le gusta la libertad. La cagada, dice, es que si un día no trabajás - porque te enfermaste, elegiste quedarte en casa o llevaste a tu abuela al médico- no cobrás.
Paga el monotributo mínimo por las dudas.
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Fiorela se levanta todos los días a las ocho. Se apega a su rutina. Una ducha primero, seguida de un buen desayuno: a veces tostadas, a veces fruta, a veces yogurt, a veces panqueques o waffles. Nunca le falta café.
Mira el celular mientras tanto, pero sabe muy bien qué. Todo lo que sea trabajo se abre en un ratito, cuando prenda la computadora y se siente a laburar. Fiorela trabaja en publicidad y tiene cuatro laburos, además de las changas que vayan apareciendo.
Tiene 35 y es adicta a dos cosas: ser organizada con su tiempo y ser dueña de su tiempo. Y le encanta. Hace más de diez años que no pisa una oficina y a fuerza del estrés aprendió a poner límites en su casa, en las empresas que la contratan, con ella misma. Así evita estar todo el día laburando y puede hacer todo lo otro que le gusta: crossfit, pasear a la perra, tomar una cerveza con sus amigos, estudiar.
Fiorela trabaja desde distintos lugares del mundo y el país. Le gusta planificar viajecitos, mini escapaditas, con sus amigas, su novio o su mamá. Y le gusta no tener que explicar ni dónde está ni cuándo vuelve. Simplemente necesita una buena conexión a Internet. Siempre está haciendo malabares en función de organizar un viaje que le permita trabajar. Cuando se satura de todo lo malo del trabajo independiente se acuerda de su libertad. Entonces ya no quiere trabajar en relación de dependencia en ningún lado.
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Eugenia tiene 32 años y una meta para el segundo semestre del año: organizarse. No sabe aún cuántos trabajos tiene: a veces tres, otros meses mete cinco, teme quedarse con uno o dos. Lo que más hace es ser community manager, aunque también crea contenido para redes sociales para algunas marcas y es conductora en eventos. Hay meses que la pega más. Otros no tanto.
Se levanta entre las siete y las ocho y media. Primero toma café, después prepara el mate. Ahí empieza a trabajar. Todo lo puede con el celular, por eso a partir de ese momento casi no tiene horarios. A veces almuerza a eso de las tres de la tarde. A veces a esa hora recién desayuna. A veces corta a las siete de la tarde. A veces a las nueve de la noche. No sabe si trabajó siete o doce horas en el día, porque nunca nadie estuvo contándole el horario.
Puede pasar casi todo el día en pijama o en la compu, puede salir a hacer trámites, puede recibir a una amiga. Nunca corta. Nunca sabe cuándo scrollea en X o Instagram para ella y cuándo lo hace porque tiene que hacerlo. Todo es en simultáneo, todo pasa en el celu, nunca hay un principio, nunca un fin.
Hace tres años, cuando arrancó con todo esto de lo independiente y freelance, Eugenia estaba fascinada con la idea de laburar desde casa y no tener horarios. Ese es hoy su mayor problema. A veces fantasea con ponerle límite a su jornada laboral, cruzar una puerta a las cinco de la tarde y decir “ya está”, ahora puedo ir a merendar, a entrenar, a pasear, a visitar a alguien.
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Gabriela tiene 45 años y una hija de 18. Tiene tres trabajos independientes: es escritora y editora, es profesora de yoga y entrenamiento, es DJ. También hace reemplazos en escuelas. Esa, dice, es su parte en blanco. Por día da, mínimo, diez clases. Incluso sumándole todo lo otro que hace, no llega a cubrir sus necesidades, ni la de su hija.
Hace casi diez está en pareja y no convive. El costo monetario de eso es enorme. Igual no se arrepiente.
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Entre noviembre y diciembre de 2023, Julián viajó todos los días en Uber al hospital. Venía de un laburo en blanco haciendo repartos de una pollería y terminó con una hernia que lo paró tres meses. No le ofrecieron otra área para trabajar, entonces renunció. Con la indemnización, se bancó los meses parados y pudo cambiar el auto por la chata.
Ahora trabaja a la tarde y hasta la noche. Usa la mañana para dormir. Se levanta tipo diez, toma pedidos de alimentos para las mascotas y a las 14 se mete a bañar. Después, compra la mercadería y empieza a repartir, alternando con Uber. Los pedidos del delivery son cada vez menos. Tuvo muchísimos. Ahora, si la semana anduvo floja, sale los fines de semana a hacer viajes. Pero cada vez le gusta menos.
En los viajes al hospital, Julián charló con los choferes. Todos estaban contentos. En un fin de semana se hacían unos 150 mil pesos y usaban la aplicación o para cambiar el auto o irse de vacaciones. Ahora cambió todo. El aumento del combustible fue desorbitante y los trabajos registrados van cayendo. Los conductores son cada vez más, y a más oferta más barato el precio. Ahora Uber es para pagar la cuenta de luz.
Dice Julián que para este segundo semestre del 2024 tiene que buscarse un cuarto trabajo.
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El empleo registrado, blanco, pleno de derechos y futuro, cae en Argentina. Los puestos de trabajo se destruyen, para siempre o un par de años al menos, y también se transforman. El negro ya no es negrísimo. Ya no se trata del pescador, la puta, el feriante, el vendedor ambulante. El negro puede ser gris, puede no ser popular, ni informal. El negro puede nombrarse como monotributo.
Los monotributistas se suman de a miles cada mes. Le pagan un tributo al estado, del que zafa el empleador. No tienen vacaciones, licencias ni aguinaldo, salvo la bondad del patrón. Apenas acceden a un servicio de salud básico y aportan de a puchitos para una jubilación mínima.
Son la empleada de comercio, el que reparte pan, las chicas que combaten las drogas en un programa nacional, la periodista que escuchas en la radio, la niñera de tus hijos, el empleado municipal del otro lado del mostrador, el notero que está entre las balas, el pibe que labura para la provincia en los barrios, la que te limpia la casa, el uber que te trae del boliche, los delivery que traen la comida a cualquier hora, el farmacéutico, el pediatra, la enfermera, la que te puso la vacuna contra el COVID, el mozo, el cocinero, la encargada del bar, el profe de natación, la seño de danza, los que hicieron una buena peli local, los que hicieron la peli mala también, la que conduce tu streaming favorito y el que te trae los repuestos para el auto.
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Trabajadora de la comunicación. Monotributista. Independiente. Freelance.
Eugenia dice que es un poco de todo. Y que eso es terrible, agotador, estresante. No tiene un sueldo fijo a principio de mes, aguinaldo, vacaciones pagas ni obra social - sólo lo que se puede pagar a través de Afip -. Ella le pone el precio a cada uno de sus trabajos: una ingeniería para que le alcance para el monotributo, los ingresos brutos, el alquiler, las expensas, los impuestos, comer, vivir. Intenta facturar todos los trabajos que hace. Siente que es la manera de resguardarse si en algún momento tiene algún inconveniente con AFIP. Pero la realidad es que la mayoría de los trabajos que hace no le piden factura. Ella la ofrece. Quiere tener todo al día. Es su forma de aportar los puchitos que harán su jubilación en un futuro aún lejano.
Lo que más le preocupa es el acceso a una buena obra social y atención médica. Piensa en el futuro. ¿Y si quiere ser mamá? ¿Se puede tener una buena atención médica siendo monotributista? ¿Tendrá alguna licencia?
La libertad que le da no tener derechos laborales, la posibilidad de agarrar un bolso e irse un fin de semana a Mar del Plata, para ella no fue todavía una alternativa. Hace tres años que no se va de vacaciones, y no es por problemas de plata. Es que siempre tiene un trabajo que hacer. Cuando alguien cierra por vacaciones ella pasa un mes, dos, sin cobrar. Cuando alguien cierra por vacaciones otro abre y ella tiene que estar. Siempre está. Todos los meses tiene un alquiler que pagar. Nunca, en tres años, le dijeron: tomate quince días que igual te los pagamos.
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Ernesto se define como trabajador de prensa o periodista, como alguien que hace un poco de todo con la información: escribir, filmar, grabar, poner la cara. El título de Periodista lo tiene, se recibió hace un año.
Para la ley, dice, es un monotributista.
A él le encantaría ser un trabajador registrado.
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Fiorela factura todo. Ella oscila. A veces dice que es una trabajadora informal, otras que es independiente.
Con cada trabajo que tiene, negocia las condiciones. A todo tiene que pasar presupuesto, ponerse un precio. Ella es la que tiene que saber cuánto vale su trabajo o el de otro o cuanto se considera en el mercado que vale su laburo para no estar ni muy arriba ni muy abajo a la hora de dar una oferta.
Consiguió que todos sus empleadores le paguen quince días de vacaciones. En ninguno cobra aguinaldo. Nadie se hace cargo de su cobertura en salud: le significa la mitad de un sueldo y va aumentando. Es lo que más le jode. Lo que más le duele.
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Federico está contento con sus trabajos. No le gustaría tener uno en el que tenga que cumplir horarios a rajatabla o todo el día le digan qué hacer. Ya pasó por eso en colonias de verano y salones de fiestas infantiles. Tampoco las condiciones laborales fueron mejores. A él le gustaría cobrar más plata del club para dedicarse a eso. Vivir solo de y para sus pibes. Sabe que ahora es imposible. Tanto como pagarse el alquiler.
Dice que él es un trabajador. Ni un trabajador popular ni en negro ni informal. Es un trabajador más.
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Dice que se pone grande y el entusiasmo por la libertad se le va. Ahora Eugenia no duda ni dos minutos. La estabilidad no se negocia. No le diría que no a un trabajo registrado, a saber que una vez por año se va a ir de vacaciones y que va a estar asegurada su estabilidad si decide tener hijos. Quiere saber que si la echan de su trabajo no va a quedar en la lona.
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Gabriela tiene trayectoria en todo tipo de laburos: centros educativos, multinacionales, escuelas. Hace más de diez años se lanzó al mundo de lo independiente. Dice que es negriarse a sí misma: abuso y exceso de laburo mal pago, al que encima ella le tiene que poner un precio. Le factura a algunos alumnos y empleadores, y tiene una contadora que le va acomodando el monotributo en función de eso. Entre las dos ya están viendo en cómo unir los pocos aportes a la caja de la provincia por los reemplazos docentes, con el aporte como autónoma. Ni siquiera habla de vacaciones, aguinaldo u obra social.
Hay días que suspira, sonríe y dice “qué bien, soy mi propia jefa”. Hay días que se arrepiente.
Ojalá fueran solamente decisiones.
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Sobre la autora
Laura Hintze es periodista, nacida en Rosario que radica actualmente en Córdoba, colabora para distintos medios de la ciudad y la región como Enredando, La Capital, Página12, ha realizado distintos proyectos audiovisuales y sonoros.
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