Son negros todos los colores

por Lorena Alvarez

Son negros todos los colores


1. Negro confusión

En 1956 se estaba apagando lentamente la etapa de gloria del cine negro.

 

El color intenso que fundía las pantallas con sus mujeres fatales, sus hombres caídos y su desmedida ambición entraban en la recta final de las preferencias del público. Las producciones daban sus últimos estertores de vida. La oscuridad, aún, tenía quien la valore.

 

Fue durante ese año que se estrenó una de las mejores producciones locales, Los tallos amargos bajo la dirección de Fernando Ayala.

 

Dos desconocidos, Gasper y Jarvis, cruzan sus vidas de casualidad, y ante la necesidad económica de ambos, deciden asociarse en un negocio que si bien linda delgadamente lo ilícito posee mucho más de chantada: unos cursos por correspondencia.

 

Según Javis, uno de los extraños, es una empresa que puede darles el rédito que a ambos les urge. Gasper sospecha de Jarvis, que confía en su olfato para los negocios y no pierde el tiempo en recelar a su partenaire accidental. Presiente el dinero y eso le basta. Así pues, se embarcan en el proyecto con un éxito que parece abrazarlos desde el comienzo. Demasiado fácil, sospecha Gasper.

 

Un local nocturno, una mujer fatal y el sonido de una bellísima pieza de jazz con trompetas que parecen gritar verdades -Astor Piazzolla es quien está a cargo de la música, otra protagonista excluyente del relato- cambiando de cuajo el devenir de esos perdedores con un golpe de suerte. Zigzagueando entre el paisaje de la porteñidad y los arrabales del conurbano, el negro-ambición está tan bien plasmado que en el año 2000 la fotografia de la pelicula, en manos de Ricardo Younis -alumno de Gregg Toland, encargado de ese mismo metie en “El ciudadano” de Orson Welles-, fue elegida como una de las mejores de la historia.

 

La oscuridad mantenía aún ciertas luces, en ese paisaje que va del centro de la ciudad a la periferia conurbana, donde florecerán, en una casa humilde pero decente, los tallos amargos fruto del negro de la confusión.

 

La trampa aún mantenía sus formas.

 

 

2. Ocre miedo

En 1978 en plena dictadura, Adolfo Aristarain decide volver al cine noir con un film que hoy es parte del culto de la cinematografía nacional, La parte del león.

 

Bruno Di Toro es un tipo con una vida ocre, tan sepia como la luz que entra por la ventana del cuarto de pensión donde vive luego que su mujer, harta de él, decidiera separarse. Con un trabajo que teclea tanto como su ánimo, bañado en whisky berreta, ve la salida a sus problemas gracias a dos ladrones, que perseguidos por la policía, esconden un botín para darse a la fuga más livianos, mientras son observados, de casualidad, por el desahuciado emocional de Bruno.

 

La ciudad más apagada que nunca. Que, a su vez, parece apañar la imagen de un hombre condenado a su propia oscuridad.

 

Pero lo que puede salir bien sale mal en esa metrópoli donde los delincuentes aún usan traje y pueden simular ser buenos vecinos. Como todo en esos años nada es lo que parece y el miedo es tan silencioso que no hay escape. Ni siquiera para los codiciosos módicos. A una generación, ni el tiro del final les va a salir.

 

 

3. Rojo sangre

En 1984 se estrena, entre el malón de films de la primavera democrática, la oscurísima En retirada. Cuyo guión pertenece a Jose Pablo Feinmann, Santiago Oves y Juan Carlos Desanzo en la cual, también, recae la dirección.

 

Ricardo, apodado el Oso, es un hombre sombrío que deambula sin trabajo por una ciudad que aún mantiene la tonalidad apagada del miedo reciente.

 

El Oso había sido parte de los grupos de tareas de la dictadura, que al asumir el nuevo gobierno democratico estaban en retirada. Bautizados, por la prensa de ese entonces, como “mano de obra desocupada”, eran personajes en las sombras que aún transmitían escalofríos. La parte invisible de una sociedad que aún le temía al pasado fresco.

 

La película, con tinte de film noir, se centra en la idea de una venganza. Que en la vida real nunca jamás sucedió pero que podía ser factible en esos años de sangre derramada, tortura y sensación de pavura por el posible retorno de otro golpe militar. El padre de un desaparecido se topa casualmente con el Oso, el secuestrador de su hijo y comienza así una persecución entremezclada con las costumbres que el torturador se niega a abandonar.

 

Es que el Oso es un hombre que de día cuida metódicamente sus plantas, como años más tarde veremos hacer a León en El asesino perfecto de Luc Besson, y de noche puede volver a enamorarse de la picana eléctrica, dejando en claro que nadie aún está a salvo aunque con la democracia se intente comer, curar y educar.

 

El Oso tendrá su noche lóbrega. Verá la sangre roja oscura de la traición. Pues siempre hay una oscuridad superior.

 

 

4. Azul noche

Cuando se estrenó en 1997 Pizza, birra y faso la crítica cinematográfica se rindió a los pies de Bruno Stagano y Adrián Caetano. Dos jóvenes que decidieron llevar a la pantalla grande la imagen del derrumbe estético del país, la foto de la caída social. El cumple de 15 de aquella hija de la dictadura, la hiper y las privatizaciones: nuestra democracia.

 

El film cristaliza a la perfección a una banda de noctámbulos nómadas. Individuos que ya eran tan parte del paisaje a esa altura, que nadie los percataba como símbolos de la decadencia. Los pibes de la esquina, inventores de un lenguaje propio y un reloj roto, pues ya no existía un horario para ir a trabajar, llegaron a la pantalla augurando el peor de los temores: una parte de la sociedad se vería en el espejo roto de esa clase media baja que de trabajadora pasaba a lumpen.

 

Zapatillas de lona, jeans rotosos y remeras estampadas con bandas de rock en amaneceres de una ciudad derruida, después de pasar la noche por alguna bailanta dónde la cerveza se mezcla con el sudor del baile.

 

El olor a grasa barata de las pizzas low cost de Uggy’s llegando a las butacas para electrizar de miedo al futuro de los que aún no se habían caído. De la ambición del golpe de suerte para vivir a lo grande a la cultura del raterismo para zafar.

 

La película tiñe de azul oscuro el centro de una ciudad que va perdiendo su mística de gema. El Obelisco como guarida anticipando el estallido económico. Y cultural.

 

 

5. Gris humo

Lo que empezó como una película en 1997, terminó cerrándose como un broche macabro sobre la realidad el 30 de diciembre de 2004.

 

Una foto en la que ahondó durante el 2000 Okupas, como otra polaroid, también de la dupla Stagnaro- Caetano, que mostraba la decadencia social.

 

Esta vez en formato televisivo. La pantalla se reducía y se hacía cotidiana.

 

La miniserie, emitida durante la etapa del gobierno de la Alianza, exponía a unos lúmpenes, nómadas hermanos de decadencia de aquellos protagonistas de Pizza, birra y faso, pero con tres años más de descenso económico. Los amigos de la nada, que en la vida real habían crecido como hongos en cada esquina bonaerense eran reales. La pantalla se traspasaba y se hacía sustancia.

 

Muchos de ellos, que inspiraron la ficción, una cálida noche de verano en un recital en un boliche de rock en la zona multicultural de Once, que otrora había sido un templo de la cumbia, fueron arrasados por la tragedia. Rompiendo la calma de los primeros años de la reconstrucción post estallido del 2001.

 

Bengalas, cadenas en las puertas de salida de emergencia, mucho más público que el permitido para ver una banda de rocanrol: el cóctel de ambición y desidia que faltaba. Esa generación de jóvenes en zapatillas que iba hacia ninguna parte pero necesitaba un rumbo que no fuera la muerte lenta fue víctima del gris del humo en un boliche que se llamaba Cromañón. Nombre que sintetizaba, según cuentan, la visión que tenían sus dueños de esos nuevos habitués de la noche: hombres y mujeres prehistóricos.

 

De gracioso no tuvo nada. De dramático, todo.

 

 

6. Epílogo: azul plomo

Una mañana gélida de junio, en el semáforo del cruce de dos avenidas, justo en el corazón comercial de un barrio que aún se niega a dejar su ritmo lento de periferia céntrica, la escucho. Una trompeta, como en Los tallos amargos.

 

Cuando el rojo detiene el tránsito, un fisura empieza a hacer sus gracias para ganarse unas monedas entre los autos obligados a parar. Espero el colectivo mientras lo miro. Toca una canción que, descifro, es de Gilda. Demasiado oído musical tengo, pienso, mientras escucho ese garabato insoportable de sonidos.

 

La del fisura es una trompeta medio estropeada, y es obvio que no es un músico callejero. Más bien un roto. Que de tanto ensayar pudo sacar alguna melodía breve para ganarse unas monedas.

 

Bajo el sol de invierno la trompeta brilla. Tiene una extraña envoltura en una parte. Verde. El semáforo, no la trompeta. El fisura salta a la vereda. Un par de motoqueros le tiran unos pesos. Y a esperar el próximo rojo.

 

Imito al fisura. Yo también espero. Dejo pasar el colectivo, sólo para ver otro show del pibe de jogging raído, zapatillas llamativas y abrigo colorinche.

 

No es nuevo en la calle, se nota. Salta raudo en cada cambio de semáforo y esquiva cada auto, lo cual demuestra el entrenamiento en las fauces de la subsistencia.

 

Me fascina la trompeta. Mi parte mal pensada se pregunta: ¿la habrá robado?. Mi parte romántica quiere suponer que la encontró arrumbada entre la montaña de basura que se viene acumulando en la ciudad en los últimos tiempos.

 

La mañana es luminosa. Hay un sol frío que cobija. Todos abrigados, pérdidos y con la sensación que no estamos yendo a ninguna parte certera.

 

El fisura toma algo oscuro de una botellita que le alcanza otro fisura en muletas, que actúa de socio aplaudidor en cada semáforo para agitar la buena voluntad de los automovilistas. A veces lo logra. Otras son en vano.

 

Me acercó y les pagó 200 pesos por su espectáculo. La trompeta a corta distancia brilla más. Sus ojos también.

 

Ahora me doy cuenta que no siempre para en esa esquina. Cada mañana, cuando voy a esa parada a esperar el colectivo, me fijo si anda por ahí. Y cuando no lo veo imagino que la pegó y quizás un golpe de suerte lo puede alejar del destino azul plomo de muchos en esta ciudad. Casi aferrada a que algo termine bien.

 

Vuelve siempre.

 

-

 

Sobre la autora

 

Lorena Álvarez es coconductora, junto a Fernando Amato, del programa Pasos perdidos, por FM La Patriada. Escribe artículos en la revista Panamá y tiene en Radio Nacional una columna en el programa Gente de a pie, que condujo Mario Wainfeld. Junto a otros autores y autoras, participó de los libros Todo Diego es político (2020) y ¿Qué hacemos con Menem? (2021). También publica artículos en los sitios DiarioAr, Infobae, Realidad en Aumento y La Nación Trabajadora.

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Son negros todos los colores

por Lorena Alvarez

1. Negro confusión

En 1956 se estaba apagando lentamente la etapa de gloria del cine negro.

 

El color intenso que fundía las pantallas con sus mujeres fatales, sus hombres caídos y su desmedida ambición entraban en la recta final de las preferencias del público. Las producciones daban sus últimos estertores de vida. La oscuridad, aún, tenía quien la valore.

 

Fue durante ese año que se estrenó una de las mejores producciones locales, Los tallos amargos bajo la dirección de Fernando Ayala.

 

Dos desconocidos, Gasper y Jarvis, cruzan sus vidas de casualidad, y ante la necesidad económica de ambos, deciden asociarse en un negocio que si bien linda delgadamente lo ilícito posee mucho más de chantada: unos cursos por correspondencia.

 

Según Javis, uno de los extraños, es una empresa que puede darles el rédito que a ambos les urge. Gasper sospecha de Jarvis, que confía en su olfato para los negocios y no pierde el tiempo en recelar a su partenaire accidental. Presiente el dinero y eso le basta. Así pues, se embarcan en el proyecto con un éxito que parece abrazarlos desde el comienzo. Demasiado fácil, sospecha Gasper.

 

Un local nocturno, una mujer fatal y el sonido de una bellísima pieza de jazz con trompetas que parecen gritar verdades -Astor Piazzolla es quien está a cargo de la música, otra protagonista excluyente del relato- cambiando de cuajo el devenir de esos perdedores con un golpe de suerte. Zigzagueando entre el paisaje de la porteñidad y los arrabales del conurbano, el negro-ambición está tan bien plasmado que en el año 2000 la fotografia de la pelicula, en manos de Ricardo Younis -alumno de Gregg Toland, encargado de ese mismo metie en “El ciudadano” de Orson Welles-, fue elegida como una de las mejores de la historia.

 

La oscuridad mantenía aún ciertas luces, en ese paisaje que va del centro de la ciudad a la periferia conurbana, donde florecerán, en una casa humilde pero decente, los tallos amargos fruto del negro de la confusión.

 

La trampa aún mantenía sus formas.

 

 

2. Ocre miedo

En 1978 en plena dictadura, Adolfo Aristarain decide volver al cine noir con un film que hoy es parte del culto de la cinematografía nacional, La parte del león.

 

Bruno Di Toro es un tipo con una vida ocre, tan sepia como la luz que entra por la ventana del cuarto de pensión donde vive luego que su mujer, harta de él, decidiera separarse. Con un trabajo que teclea tanto como su ánimo, bañado en whisky berreta, ve la salida a sus problemas gracias a dos ladrones, que perseguidos por la policía, esconden un botín para darse a la fuga más livianos, mientras son observados, de casualidad, por el desahuciado emocional de Bruno.

 

La ciudad más apagada que nunca. Que, a su vez, parece apañar la imagen de un hombre condenado a su propia oscuridad.

 

Pero lo que puede salir bien sale mal en esa metrópoli donde los delincuentes aún usan traje y pueden simular ser buenos vecinos. Como todo en esos años nada es lo que parece y el miedo es tan silencioso que no hay escape. Ni siquiera para los codiciosos módicos. A una generación, ni el tiro del final les va a salir.

 

 

3. Rojo sangre

En 1984 se estrena, entre el malón de films de la primavera democrática, la oscurísima En retirada. Cuyo guión pertenece a Jose Pablo Feinmann, Santiago Oves y Juan Carlos Desanzo en la cual, también, recae la dirección.

 

Ricardo, apodado el Oso, es un hombre sombrío que deambula sin trabajo por una ciudad que aún mantiene la tonalidad apagada del miedo reciente.

 

El Oso había sido parte de los grupos de tareas de la dictadura, que al asumir el nuevo gobierno democratico estaban en retirada. Bautizados, por la prensa de ese entonces, como “mano de obra desocupada”, eran personajes en las sombras que aún transmitían escalofríos. La parte invisible de una sociedad que aún le temía al pasado fresco.

 

La película, con tinte de film noir, se centra en la idea de una venganza. Que en la vida real nunca jamás sucedió pero que podía ser factible en esos años de sangre derramada, tortura y sensación de pavura por el posible retorno de otro golpe militar. El padre de un desaparecido se topa casualmente con el Oso, el secuestrador de su hijo y comienza así una persecución entremezclada con las costumbres que el torturador se niega a abandonar.

 

Es que el Oso es un hombre que de día cuida metódicamente sus plantas, como años más tarde veremos hacer a León en El asesino perfecto de Luc Besson, y de noche puede volver a enamorarse de la picana eléctrica, dejando en claro que nadie aún está a salvo aunque con la democracia se intente comer, curar y educar.

 

El Oso tendrá su noche lóbrega. Verá la sangre roja oscura de la traición. Pues siempre hay una oscuridad superior.

 

 

4. Azul noche

Cuando se estrenó en 1997 Pizza, birra y faso la crítica cinematográfica se rindió a los pies de Bruno Stagano y Adrián Caetano. Dos jóvenes que decidieron llevar a la pantalla grande la imagen del derrumbe estético del país, la foto de la caída social. El cumple de 15 de aquella hija de la dictadura, la hiper y las privatizaciones: nuestra democracia.

 

El film cristaliza a la perfección a una banda de noctámbulos nómadas. Individuos que ya eran tan parte del paisaje a esa altura, que nadie los percataba como símbolos de la decadencia. Los pibes de la esquina, inventores de un lenguaje propio y un reloj roto, pues ya no existía un horario para ir a trabajar, llegaron a la pantalla augurando el peor de los temores: una parte de la sociedad se vería en el espejo roto de esa clase media baja que de trabajadora pasaba a lumpen.

 

Zapatillas de lona, jeans rotosos y remeras estampadas con bandas de rock en amaneceres de una ciudad derruida, después de pasar la noche por alguna bailanta dónde la cerveza se mezcla con el sudor del baile.

 

El olor a grasa barata de las pizzas low cost de Uggy’s llegando a las butacas para electrizar de miedo al futuro de los que aún no se habían caído. De la ambición del golpe de suerte para vivir a lo grande a la cultura del raterismo para zafar.

 

La película tiñe de azul oscuro el centro de una ciudad que va perdiendo su mística de gema. El Obelisco como guarida anticipando el estallido económico. Y cultural.

 

 

5. Gris humo

Lo que empezó como una película en 1997, terminó cerrándose como un broche macabro sobre la realidad el 30 de diciembre de 2004.

 

Una foto en la que ahondó durante el 2000 Okupas, como otra polaroid, también de la dupla Stagnaro- Caetano, que mostraba la decadencia social.

 

Esta vez en formato televisivo. La pantalla se reducía y se hacía cotidiana.

 

La miniserie, emitida durante la etapa del gobierno de la Alianza, exponía a unos lúmpenes, nómadas hermanos de decadencia de aquellos protagonistas de Pizza, birra y faso, pero con tres años más de descenso económico. Los amigos de la nada, que en la vida real habían crecido como hongos en cada esquina bonaerense eran reales. La pantalla se traspasaba y se hacía sustancia.

 

Muchos de ellos, que inspiraron la ficción, una cálida noche de verano en un recital en un boliche de rock en la zona multicultural de Once, que otrora había sido un templo de la cumbia, fueron arrasados por la tragedia. Rompiendo la calma de los primeros años de la reconstrucción post estallido del 2001.

 

Bengalas, cadenas en las puertas de salida de emergencia, mucho más público que el permitido para ver una banda de rocanrol: el cóctel de ambición y desidia que faltaba. Esa generación de jóvenes en zapatillas que iba hacia ninguna parte pero necesitaba un rumbo que no fuera la muerte lenta fue víctima del gris del humo en un boliche que se llamaba Cromañón. Nombre que sintetizaba, según cuentan, la visión que tenían sus dueños de esos nuevos habitués de la noche: hombres y mujeres prehistóricos.

 

De gracioso no tuvo nada. De dramático, todo.

 

 

6. Epílogo: azul plomo

Una mañana gélida de junio, en el semáforo del cruce de dos avenidas, justo en el corazón comercial de un barrio que aún se niega a dejar su ritmo lento de periferia céntrica, la escucho. Una trompeta, como en Los tallos amargos.

 

Cuando el rojo detiene el tránsito, un fisura empieza a hacer sus gracias para ganarse unas monedas entre los autos obligados a parar. Espero el colectivo mientras lo miro. Toca una canción que, descifro, es de Gilda. Demasiado oído musical tengo, pienso, mientras escucho ese garabato insoportable de sonidos.

 

La del fisura es una trompeta medio estropeada, y es obvio que no es un músico callejero. Más bien un roto. Que de tanto ensayar pudo sacar alguna melodía breve para ganarse unas monedas.

 

Bajo el sol de invierno la trompeta brilla. Tiene una extraña envoltura en una parte. Verde. El semáforo, no la trompeta. El fisura salta a la vereda. Un par de motoqueros le tiran unos pesos. Y a esperar el próximo rojo.

 

Imito al fisura. Yo también espero. Dejo pasar el colectivo, sólo para ver otro show del pibe de jogging raído, zapatillas llamativas y abrigo colorinche.

 

No es nuevo en la calle, se nota. Salta raudo en cada cambio de semáforo y esquiva cada auto, lo cual demuestra el entrenamiento en las fauces de la subsistencia.

 

Me fascina la trompeta. Mi parte mal pensada se pregunta: ¿la habrá robado?. Mi parte romántica quiere suponer que la encontró arrumbada entre la montaña de basura que se viene acumulando en la ciudad en los últimos tiempos.

 

La mañana es luminosa. Hay un sol frío que cobija. Todos abrigados, pérdidos y con la sensación que no estamos yendo a ninguna parte certera.

 

El fisura toma algo oscuro de una botellita que le alcanza otro fisura en muletas, que actúa de socio aplaudidor en cada semáforo para agitar la buena voluntad de los automovilistas. A veces lo logra. Otras son en vano.

 

Me acercó y les pagó 200 pesos por su espectáculo. La trompeta a corta distancia brilla más. Sus ojos también.

 

Ahora me doy cuenta que no siempre para en esa esquina. Cada mañana, cuando voy a esa parada a esperar el colectivo, me fijo si anda por ahí. Y cuando no lo veo imagino que la pegó y quizás un golpe de suerte lo puede alejar del destino azul plomo de muchos en esta ciudad. Casi aferrada a que algo termine bien.

 

Vuelve siempre.

 

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Sobre la autora

 

Lorena Álvarez es coconductora, junto a Fernando Amato, del programa Pasos perdidos, por FM La Patriada. Escribe artículos en la revista Panamá y tiene en Radio Nacional una columna en el programa Gente de a pie, que condujo Mario Wainfeld. Junto a otros autores y autoras, participó de los libros Todo Diego es político (2020) y ¿Qué hacemos con Menem? (2021). También publica artículos en los sitios DiarioAr, Infobae, Realidad en Aumento y La Nación Trabajadora.

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