“En la vida espiritual es necesario despojarse, desasirse de lo que estorba (...) Es un acto, un hábito y un proceso de conversión continua que se llama ascesis (...) No hay que reducir la ascética sólo a la penitencia, la mortificación, la exigencia y el sufrimiento. Porque eso es identificar el medio con el fin”
P. Eduardo Casas
Pepe Recabarren invitó a la barra a comer guiso de lentejas. Es viernes: llego temprano y ayudo a picar los ingredientes. Cebolla, ajo, verdeo, puerro, zanahoria, apio, calabaza, camote, papa, chorizo, panceta, salchicha, mondongo, costilla de cerdo, falda. Completito.
Van cayendo los invitados, destapamos un vino. Después otro. Y otro. Compartimos la picada charlando de todo sin profundizar en nada. Cuando el guiso está casi listo, Pepe pone sobre la mesa una horma de romanito y comienza a rallarlo. Alguien descorcha otro tubo. Ahora hablamos a los gritos.
Es la hora de comer. Pongo un puñado de queso arriba de mi plato, lo pienso y le agrego un poco más. Momento culmen. Bicicleta en bajada. Provecho y al buche.
Después del Carnaval, llega la Cuaresma. Cuando el último pancito termina de limpiar la vajilla, la charla está extinta. Prendemos cigarrillos. La modorra nos va ganando.
En un intento de conjurarla, uno de los muchachos, Rodrigo Barroso, destapa un torrontés. Y recita con voz pastosa un poema. No le prestamos mucha atención. Pero los últimos versos me quedan resonando. Dicen así: “como buen negro con plata/me gustaría hacer que algo/durara más que Dios”.
Pepe sirve el postre: un chajá y tres gramos de cocaína.
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El Evangelio del domingo que sigue al guiso es Juan 12. Al escucharlo no puedo evitar pensar en el poema de Barroso.
Resulta que dos días antes de ser crucificado, Cristo y sus apóstoles visitan la ciudad de Betania y van a la casa de Lázaro, el tipo que resucitó.
Lázaro tiene dos hermanas. Mientras una -Marta- prepara la cena, la otra -María- está sentada con los varones, discutiendo sobre el Reino de los Cielos. En un momento, conmovida por las palabras de Jesús, María se levanta, agarra de un aparador un frasco de perfume y lo rompe en los pies de Cristo.
Los discípulos se ponen como locos. Judas, que mañana va a entregarlo, está especialmente furioso.
—Pero cómo puede ser— dice. —¿Por qué este derroche? Con lo que vale ese perfume una familia pobre podría haber comido durante semanas.
María, avergonzada, calla. Cristo trata de aguantarse las ganas pero no puede con su genio:
—Cortenlá. A los pobres los van a tener siempre. A mí, en cambio…
Dos noches después, estará muerto.
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El lunes lo veo a Ricardo Darsi. Es un amigo que se fue a vivir a Villa Mugueta. Cría aves de corral y vende alimentos agroecológicos en el centro de Rosario.
Lo cruzo en un almacén a la vuelta de la oficina, apilando pollos, que carneó esa misma mañana, en un freezer. La imagen me resulta divertida porque Ricardo, aunque genera su propia electricidad con paneles solares, no tiene heladera. Es una elección. Dice que le ayuda a llevar una vida más frugal.
—No me tiento, no derrocho, no acumulo. Vivo con lo justo. Así se vive mejor— me explica.
Con la comilona del viernes todavía pasándome factura a nivel intestinal y financiero, me compro un agüita y una ensalada y me despido de Darsi.
Ya en mi escritorio, mastico la lechuga. Después digo que tengo que volver a salir para hacer un trámite. Llego al parque y antes de dormir la siesta, tecleo en mi celular..
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Ser un negro con plata. Mejor: hacer cosas de negro con plata. Lo escuchamos mil veces.
Está asociado con imágenes poderosas. Un asado hecho con parquet. El ranchito humilde y sin revocar con antena de DirecTV. El Gol con la suspensión bajísima o, mejor, el Bora polarizado. Cosas de negro con plata.
La medida de una lengua es -sólo- ella misma: cuando se dice negro no se habla de una cuestión de raza. Si no, como se entiende, del alma.
El gasto indebido es considerado una forma de pecado. Por lo tanto, de oscuridad. Hay un reproche, justificado, hacia el derroche. Se lo asocia con la indolencia:
—Terminá el plato que hay chicos en África que no tienen nada.
(Siempre es en África. A lo sumo, en el Chaco. Lo negro, otra vez)
O peor. Se tilda al negro con plata de mediocre:
—El lujo es vulgaridad.
El razonamiento jurásico que menta San Juan no discrimina ideologías. Es, como lo negro, un estado del alma. Frente a la cultura de la sobreexplotación -del trabajo y también de los recursos naturales- hay quienes plantean la necesidad de desacelerar. Barajar y dar de nuevo: frenar el consumo desmedido como forma de compensar los problemas de producción que enfrenta el -no tan- nuevo mundo regido por la timba financiera.
Se trata de una posible salida del laberinto posmoderno en la que se dan la mano los extremos. Desde el discurso de Grabois hasta el plan económico de Milei: hay un consenso en que la salida es un enfriamiento del gasto. La única diferencia radica en el método: a quién se le reduce la porción de la torta.
Todo concepto, en tanto está vivo, lucha por su supervivencia, adaptándose. El vivir bien que postuló el Socialismo del Siglo 21, en contraposición al vivir mejor que fue impronta en los movimientos nacional-populares del siglo 20, se encarnó y se hizo mandato de época. No es de extrañar que para realizarse, esta idea haya encontrado un mejor vehículo: el anarcocapitalismo.
En una sociedad consumista, que mensura a las personas según lo que tienen, el gasto innecesario es un pecado. La moral protestante infiltró con su hipocresía el pensamiento occidental: por un lado se publicita el lujo, por el otro se culpabiliza la falta de austeridad. Como todo puritanismo, es un imperativo esquizofrénico. Como toda ideología, es un subproducto de la realidad, y no la realidad en sí.
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Mi hermano Tomás organiza este fin de semana un arroz con pollo en el club Deportivo La Fábrica, del cual es profe de fútbol.
Todos en la familia lo ayudamos. Yo pedí donaciones a un conocido que trabaja en el área de marketing y relaciones institucionales de una conocida empresa de alimentos. Tuve que armarle una nota:
Estimado Sr. X:
Nos dirigimos a usted para solicitar 40 kilogramos de arroz para utilizarlo en la celebración de etc etc etc.
El martes vamos al depósito a buscar los paquetes. El encargado nos los entrega y:
—Falta la mitad— dice mi hermano.
—No. Acá tengo anotado que son 20 kilos.
—Pero pedimos 40…
—Claro, ese fue el error. Para la próxima ya saben.
—¿Qué error?
El tipo, un petiso con cara bonachona, nos sonríe:
—Si necesitan 40 pidan 80. La cantidad no es problema pero la orden que hay de los jefes es donar siempre la mitad de lo que se pida.
—¿Y eso?
—Son gringos. Lo hacen para que uno no vaya a pensar que les sobra.
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Es madrugada. Miro la tele.
En C5N hablan del ajuste del gobierno. Cambio de canal.
En Crónica una mujer con tonada boliviana es entrevistada en la calle. Dice que no quiere subsidios, si no un sueldo que le alcance para pagar lo que realmente vale el boleto. Cambio de canal.
En LN+ hablan de la baja de homicidios en Santa Fe. Un “experto” porteño cita -mal- nombres de algunos de los narcos rosarinos más destacados del siglo. Lo dejo.
Terminado el raconto, empiezan las anécdotas. Me siento como un chico viendo por octava vez su película preferida. Porque la tele habla de una pileta con forma de Mickey Mouse, de una fiesta de 15 pagada con billetes de dos pesos, de lujos innecesarios -permítaseme el pleonasmo- y por eso mismo, fascinantes.
La mejor de todas las historias es la del Viejo Cantero. Que no tuvo problemas en volver al caballo y al carro cuando su clan cayó en desgracia y él se dio a la fuga.
Era el mejor disfraz de todos: nadie hubiera pensado que uno de los tipos que gobernó el bajo mundo rosarino durante años, se contentaría con ser cartonero. Para cuando lo atraparon, el hecho era vox populi desde hacía mucho tiempo.
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La tarde del viernes ando por el paseo San Martín. Tengo que comprarle zapatillas al nene. Mientras miro modelos, calculo si conviene aprovechar el descuento en efectivo o si el interés de las 12 cuotas va a ser menos que la inflación.
Me decido por unas botitas de cuero sintético. Pago con tarjeta. Cuando vuelvo a casa y se las muestro, la primera reacción de mi hijo es querer ponérselas. Le digo que no, que esperemos a estrenarlas “cuando haya algo que valga la pena”. Me mira sin entender.
De repente viajo 25 años al pasado: estoy con mi tía en su casa de Echesortu. Me acaba de regalar unas Bubble Gummers rojas y yo quiero calzarlas y salir a jugar a la pelota en la cortada. En vez de eso, tengo que conformarme con un discurso sobre lo que cuestan las cosas, la necesidad de valorar lo que uno tiene, y sobre lo que significa ser un desagradecido.
—No tenés que hacer cosas de negro con plata— termina su regaño. Después vuelve a guardar las zapatillas nuevas, me da un beso cariñoso y me deja ir a jugar.
Vuelvo al presente y le pongo las botas a mi nene.
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Hace exactamente 100 años, el campo de la antropología se sacudía con la publicación de Sobre el Don, un ensayo de Marcel Mauss. El etnólogo francés describe en él una práctica de pueblos aborígenes de la costa del Pacífico de Norteamérica: el potlatch.
Potlatch significa, en lengua chinook, regalo, pero también gratuito, infundado. Era una especie de bacanal, en el que cada participante llevaba objetos para regalar a los demás. El anfitrión de la fiesta era el que más ofrendaba: quedaba prácticamente sin nada. Tiraba, literalmente, la casa por la ventana.
Mauss es el primero en describir este rito, que después empieza a identificarse como presente en todas las culturas tradicionales. Llegando, incluso, a nuestros días. Si uno pensara de cuántos potlatchs fue parte el último año, seguro hay más de uno.
El sentido de este ritual no es otro que explicar la puerilidad de la existencia. La pérdida como un don, el gasto como una virtud. Como reconociendo que todo es gratuito, que todo es efímero.
La ceremonia tenía un momento cúlmine: llegado un punto, se contaban la cantidad de mantas y regalos que uno había juntado, y podían cambiarse por láminas de cobres. Cada cobre tenía un nombre, una historia. Poseer uno daba mucho prestigio. Pero más prestigio daba deshacerse de él: si el dueño de un cobre lo destruía en el fuego o lo tiraba al mar, era el más festejado del evento.
Igual que lo que ocurre con el derroche del negro con plata. No es consumismo. Al contrario: es una forma de ascesis.
¿Por qué la demora en atrapar al Viejo Cantero? ¿Corrupción? ¿Incapacidad? En la tele, el periodista dice que por ambas. Yo le discuto a la pantalla: creo que hubo otra cosa en juego. Que lo que hizo el Viejo no entra en la lógica puritana. Esa que impera hoy y que nos llama a guardar, a cuidar, a acumular. Para el negro con plata, cuando hay hay, y cuando no, qué se le va a hacer.
Vaca gorda o vaca flaca: lo importante de una comida es compartirla.
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Sobre el autor
Marco Mizzi es trabajador de prensa y escritor. Fue redactor en Miradas al Sur y Revista Apología. Publicó folletines de cuentos y poemas, y las novelas City Center (Pesada Herencia, 2017) y Perversidad (Eloísa cartonera, 2020).
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