1.
Negra, Negrita. Así me llamó desde bebé y así me llama al día de hoy Luján, la mujer que me crió. Luján, la mujer que me crió, es algo así como una segunda madre, una madre segunda, de oficio. Ofició de madre no porque mi madre biológica no estuviera ni esté presente sino porque mi madre, primera profesional en su familia, trabajaba todo el día entre audiencias, expedientes y consultas. Sus vocativos se abstuvieron de toda pincelada plebeya, y se limitaron al nombre elegido y consensuado con mi padre. Solo en ocasiones, convocaba mi atención con un diminutivo: Paula, Paulita.
2.
Mi madre, la biológica —¿la biológica es la primera madre?— nunca me llamó ni me hubiera llamado Negra o Negrita. Tampoco recuerdo que Luján, la madre de oficio, me haya llamado Paula o Paulita. Tuve dos madres y es la primera vez que escribo esto.
3.
Entonces en el principio fue el nombre pero también fue el apodo. Ambos sonaron en mis oídos como formas, análogas pero alérgenas, de designar, de evocar, de convocar. Siempre adyacentes, nunca juntos, jamás superpuestos. Es uno o es otro: la fricción hace a la convivencia.
4.
La historia oficial es definitivamente blanca. No solo blanca porque se escribe en las hojas ahuesadas de los formularios, en las partidas de nacimiento, en los boletines escolares, sobre las cartulinas solemnes de los diplomas. Es blanca porque se rubrica desde arriba. Con el deseo de una madre, con la elección de un padre, producto de la casualidad, el descuido o el mero accidente, esa narración comienza a desplegarse en las ramas que en el árbol genealógico están justo por encima de la nuestra. ¿Cuál es, en verdad, el principio?
5.
Sin embargo, quiera o no, la literatura de nuestra vida proyecta una zona borrascosa de bordes imprecisos, porosos, inasibles. De manera indefectible, al frío de la sombra parda, crecen las páginas de lo que los registros, por naturaleza, insisten en no alojar. Páginas que no son páginas, sino pedazos de hojas arrancadas de cuadernos, márgenes de diarios escritos en birome, las notas apuradas del psicoanalista, esquelas y garabatos de ideas en el teléfono celular, subrayados. Como el apodo, la literatura negra aparece en los rincones afectivos y azarosos de la plebe, como una fuerza incontenible, indisciplinable, fuera de cálculo: surge desde abajo.
6.
“Certeza devastadora: al final nadie sabe quién es”.1
7.
Me gusta no saber, me gusta el no saber. Me gusta la presunta devastación que produce, el agujero que es capaz de dejar en la certeza una pregunta formulada con intrepidez, un comentario al pasar que desconfíe de lo que está a la vista, el ejercicio de humildad que demanda decir “no sé”. Hay algo atractivo en las curvas de los signos de interrogación, en la suspensión de las verdades blancas. Dudar es el oficio de la sensualidad, dudar es bancarse la tentación de correr el velo, dudar es hacer las paces con la opacidad. Es en cierta medida una fatalidad: la aceptación de nuestra propia nimiedad.
8.
“La duda es escribir. Por lo tanto, es el escritor también”.2
9.
¿Soy escritora? Debo serlo. Porque no sé donde termina el Paula y empieza el Negra. Porque escribo para desenredar los cables de mi historia solo que, a medida que avanzo en la tarea, las preguntas no se contestan: se multiplican. ¿Soy escritora? Debo serlo. Porque no sé decir que lo soy. Decirlo —soy escritora— es clausurar una interrogación que tiene más valor mientras permanece con vida. ¿Debo serlo? La flor de la polisemia: el deber como mandato, el deber como deuda.
10.
¿Cuándo un escritor decide que será escritor?3
11.
No lo sé. Solo puedo reponer, no sin dificultad, cómo me dejé engullir por la boca hambrienta de la literatura. Era adulta, ya tenía una carrera, había estudiado y mis trabajos me parecían una mierda. Un día abrí un blog, lo llené de textos arrebatados, otro día lo cerré. Leí con sed libros disímiles por todos los años que había perdido sin hacerlo. Las opiniones se convirtieron en ideas que se transformaron en textos. Las imaginaciones se volvieron imágenes que se edificaron como escenas. Y entonces escribí una novela.
12.
El deseo vino desde abajo. Cuando, al fin, tenía algo para decir.
13.
“Dejá que macere tu rencor, el resentimiento puede ser la base más sólida para la creación”.4
14.
Publiqué mi primera novela cuando tenía 33 años y, aunque mientras escribo este texto no me imagino haciendo otra cosa hacia adelante, cada tanto, los caminos sinuosos de la literatura y su mercadeo estridente, me hacen derrapar. El mundo es hostil hasta en las actividades más nobles, tal vez desde que la competencia reemplazó al compañerismo y la camaradería. Las imágenes del éxito son pregnantes. Hay escritoras jóvenes, con plata, con títulos traducidos, adaptados a la pantalla grande y a la no tan grande. Hay escritoras que ocupan el centro, que agotan sus tiradas como si las páginas de los ejemplares estuvieran en blanco —y en gran parte lo están—, son simpáticas, tienen pelo lacio y juegan a ser oscuras porque toman cocaína con actores famosos y se besan con otras de su clase. Ganan becas y premios, dan bien en las fotos y ofrecen las declaraciones correctas, sin riesgos. En general, esas escritoras dicen lo que es la literatura. Que la conciencia de sí la padezcan las demás.
15.
Si la literatura es una escena detonada por las urgencias de la lógica del mercado, entonces ¿Para qué escribo? ¿Por qué me tomo el esfuerzo? ¿Qué estoy haciendo con la funda que es mi vida? ¿Acaso no hay para mí otra forma de conjurar la muerte? ¿Y si me dedico a otra cosa que al menos me garantice una vida material digna?
16.
Incluso si no soy capaz de imaginar nada distinto hacia adelante, incluso si escribí más libros después del primero, sueño más con abandonarlo todo y menos con abandonar el margen, la periferia, el lenguaje frío de la sombra. Sueño con estar presente en los actos sencillos de la cocina, con picar una cebolla o rebanar una zanahoria sin estar pensando en cómo mejorar tal párrafo. Sueño con andar en bicicleta y oír el ritmo de mi respiración, exenta de la tensión de un diálogo entre dos de mis personajes que se pelean por amor. Sueño con leer una novela sin identificar los recursos o vicios de su autor, con ver las noticias y no descubrir que escribí antes sobre esos mismos sucesos. Sueño con olvidar, sueño con irme a negro.
17.
Pero la literatura no me abandona, es una especie de madre. ¿Acaso la tercera? Tengo tres madres y es la primera vez que escribo esto.
1. El affair skeffington, María Moreno.
2. Escribir, Marguerite Duras.
3. Avellaneda profana, Luis Gusmán.
4. La lección del maestro, Jorge Asís.
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Sobre la autora
Paula Puebla es escritora y ensayista del Conurbano Bonaerense. Autora de Una vida en presente (17 grises, 2018), Maldita tú eres (17 grises, 2019) y El cuerpo es quien recuerda (Tusquets, 2022). Dicta talleres de narrativa y colabora en medios digitales con artículos sobre política y literatura.
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