Imaginación negra

por Hernán Vanoli

Imaginación negra


Opinión pública y deseo.

 

Los estudios de opinión pública se sustentan en la ley de los grandes números. Y la ley de los grandes números, junto con la estadística inferencial y la probabilística combinada son las reglas que estructuran el mundo digital en el que nos toca vivir.

 

El mundo de los algoritmos es el nuevo rostro que adquirieron las afinidades electivas sobre las que, en algún momento, teorizó Max Weber. El mundo de los likes y la dopamina. De las publicidades microtargetizadas, que emergen como pompas de jabón en unos teléfonos que nos escuchan y suelen predecir nuestros deseos.

 

En este mundo donde el deseo puede ser predicho por cajas negras de probabilidades hay un costado indecible, algo que se parece bastante a las ideas que Jacques Lacan tenía sobre lo Real, que siempre escapa a los parámetros. Tanto a los algoritmos como a los estudios de opinión pública.

 

 

El ocaso del economicismo vulgar

 

Cuando la política, que compartía con lo religioso la tarea de realizar profecías sobre el porvenir y de explicar la discontinuidad existente entre mérito y destino, parecía subsumida en la gestión y en las técnicas propias del marketing, bajo el plácido clima del acuerdo neoliberal con algunas dosis de desarrollismo, el tornado libertario sacudió las creencias compartidas por los profesionales de la representación.

 

Los economistas dicen que Milei ganó porque pudo dar mejores explicaciones económicas que el resto, que ganó la economía, aunque no nos guste su lectura. Sin embargo, y más allá de los motivos que llevaron al poder a Milei, lo cierto es que parecería suceder todo lo contrario. Es obvio que la gente quiere progresar económicamente. Es obvio que un gobierno que gestione mejor la economía va a tener más chances de gobernar o perpetuarse en el poder que uno que tenga inflación de tres dígitos, pero la economía, entendida como el funcionamiento del mercado (por derecha) o como la carestía de bienestar social por culpa de un sector específico (los empresarios, según la izquierda), al menos mirada desde la opinión pública, parece estar en crisis.

 

Por encima de los avatares económicos, la transaccionalidad parece ser el valor imperante en la sociedad, y esta transaccionalidad es a la economía lo que el poder es a la sociología: nociones amorfas. En un mundo donde el tiempo está acelerado pero el progreso social y económico sigue siendo un deseo organizador de las subjetividades sociales, la libertad es, cada vez más, libertad de transacción. Agujeros negros.

 

Esto sucede en un contexto en que la tecnología acelera la experiencia con la popularización de las inteligencias artificiales generativas. Mientras, el desastre climático acecha y los políticos profesionales son repudiados por distintas mayorías. La aceleración, el desastre y el repudio hacen que las personas solo exijan que las cosas funcionen en silencio para expresarse y para jugar: las dos modalidades básicas de la transacción contemporánea.

 

Ese deseo de transacción excede al economicismo. Es una fuerza mucho más oscura, difícil de medir, más vinculada a la velocidad que al bienestar, más vinculada a la limpieza de un semblante que a la eficiencia real. Si las instituciones tienen procesos burocráticos, las aplicaciones tienen transacciones. Los asistentes sociales son cada vez más especialistas en experiencia de usuario (UX). En una vida signada por la incertidumbre y el riesgo, la funcionalidad transaccional se parece bastante a la salvación.

 

 

La conversación de las vanguardias meméticas

 

Muerto o al menos herido el economicismo vulgar, las zonas oscuras de la imaginación pública se explican, con frecuencia, a través de la teoría de las vanguardias de internet. Una fuerte corriente de sentires sociales sobre lo político se propagaría desde nichos de conversación intensa que suceden en la web, donde abundan las teorías conspirativas, la incorrección política, cierto saber popular condensado en memes (que tienen la arquitectura de virus biológicos) y una verdadera batalla cultural que poco tiene que ver con debates intelectuales y publicaciones como esta.

 

Se trataría de nichos de intercambio intenso organizados en contra del “progresismo Woke”, donde la rebeldía se recodifica en términos de una mitología propia de “las nuevas derechas” de carácter anti-estatal y anti-igualitarista, pero también anti-elitista. Una suerte de “zanja de la misoginia” -su sesgo incel ya ha sido discutido en profundidad-, que funciona como una usina comunicativa con la enorme capacidad de permear el humor colectivo.

 

Cuando se acercan las elecciones, este caldo de cultivo se politizaría hacia los candidatos de la ultraderecha, cuyos valores, otra vez, tienen afinidades electivas con los de aquellos que motorizan y comparten los contenidos de los mencionados flujos de conversación.

 

Si bien las guerras culturales en la internet profunda son sin lugar a dudas uno de los grandes agujeros negros de la imaginación social, la teoría de las vanguardias meméticas resulta quizás más útil para interpretar a los nuevos modelos de la comunicación publicitaria. Las publicidades, de hecho, se memetizaron en mayor medida que la opinión pública. Por eso las plataformas de streaming, con su modelo de comercialización por suscripciones, están hoy a la cabeza de la publicidad, a través del ansia por generar conversación. Así, la publicidad se convirtió en el anverso políticamente correcto y mainstream de las vanguardias meméticas de ultraderecha que se cultivan en la internet profunda.

 

Siempre hubo chismes y rumores. Los memes y las redes sociales no son más que canales conductores acelerados y transaccionales de estos. Sin embargo, las vanguardias meméticas, además de inspirar a los nuevos modelos publicitarios, corroyeron una fábrica de subjetividades políticas: el discurso militante.

 

Las guerras de internet son el Vietnam de las militancias entendidas como un conjunto de personas unidas por una comunión ideológica y organizadas en un partido. Esto ocurre porque las vanguardias meméticas proponen entornos de conversación ultra ideologizados que no reconocen ninguna autoridad ni ningún vínculo de obediencia. Por otra parte, se trata de formas de asociación rizomáticas que no reconocen ningún territorio, sino que más bien lo desprecian. Sin autoridad ni territorio, lo que hay es una imaginación colectiva que se viraliza y deja en ridículo a los discursos estructurados de la militancia.

 

La idea de memetizar la comunicación de una organización política tradicional puede ser válida y hasta revitalizante como táctica, pero no es una estrategia viable, dado que la desconfianza hacia lo partidario y hacia el vocabulario de los partidos políticos establecidos es singularmente alto. La capacidad de las militancias para proponer temas de conversación pública se ve seriamente limitada si no ocupan el aparato del Estado o están unidas a un conglomerado mediático específico. El fracaso de las “campañas del miedo” podría servir para reflexionar sobre estas cuestiones.

 

Las vanguardias meméticas son inasibles para la militancia y funcionan para los estudios de opinión pública como el “ello” psicoanalítico, una zona turbulenta y primitiva, pulsional, amoral y asocial. Estamos ante una zona oscura del inconsciente colectivo, una frontera corrosiva de la militancia, una nueva forma impredecible de la publicidad, que es también una de las tantas cavernas donde el deseo social se produce y tramita.

 

Si los partidos políticos tenían militantes, las vanguardias meméticas tienen trolls cuya capacidad de irrumpir en la conversación pública inspiran hoy tanto a publicidades como a movimientos políticos de derechas no organizados orgánica ni territorialmente.

 

 

El trauma del chamanismo tecnológico

 

Sostenemos una relación atávica con la tecnología. Sabemos que no es magia y al mismo tiempo sentimos que lo es. Procesos que no comprendemos habilitan experiencias que jamás esperamos tener vehiculizados por el afán de lucro de una elite planetaria asociada a un grupo de científicos e ingenieros. Chamanes. La información que podríamos tener sobre la finalidad de estos cambios nos llega a través del periodismo, quizás la única institución con un prestigio social menor que la política. Mientras nos adaptamos a este paisaje inestable, disfrutamos de los beneficios de la tecnología en nuestro trabajo, en el tiempo libre o en los procesos educativos. Hasta que, de pronto, ocurre una catástrofe personal, laboral, ambiental, que la tecnología no puede remediar e incluso puede haber causado.

 

Es por eso que la oposición clásica entre apocalípticos e integrados, propuesta hace décadas por Umberto Eco, parece haber dejado de ser operativa para pensar las sensaciones sociales alrededor del desarrollo tecnológico. Si bien por supuesto existen personas que reniegan del avance técnico y lo vinculan a tendencias deshumanizantes, y el optimismo solucionista también tiene una importante cantidad de adeptos, los efectos de unos avances que lograron dislocar las percepciones compartidas del tiempo dislocaron también ciertos consensos básicos sobre la tecnología.

 

La sociedad parece no poderse pensarse a sí misma pensando sobre este tipo de innovaciones. Existe un limbo epistemológico donde las cosas suceden demasiado rápido y, al mismo tiempo, con una fuerza radioactiva, horadan a las instituciones que sirvieron, en algún momento, para administrar esos cambios. Todos somos apocalípticos e integrados.

 

El resultado de esta ecuación son niveles de incertidumbre y angustia social cada vez más pronunciados, por lo que podría llegar a pensarse que el cambio tecnológico es el trauma de la imaginación social. Es muy difícil que la sociedad pueda construir consensos cuando sabe que sus herramientas cognitivas no pueden asir fenómenos que la trascienden. Se produce entonces un desfasaje cognitivo.

 

Los estudios de opinión pública y los políticos profesionales suelen intentar comunicarse con las personas a través de preguntas sobre el apoyo a la salud pública, a la educación, a la seguridad, y los resultados, con excepción de una proporción minoritaria, son siempre los mismos: las personas quieren buenos hospitales públicos, quieren educación pública de calidad, quieren una policía bien entrenada, no desean la privatización de ciertos servicios, etcétera. Y después eligen candidatos que dicen que la solución a los males sociales viene de eliminar la intervención estatal.

 

La reacción de los políticos con la opinión pública suele ser la infantilización, en el sentido de que la misma querría todo sin ser capaz de resignar nada a cambio. Esto refuerza el desconcierto y la desconfianza hacia la sociedad, que es infantilizada por los analistas e incluso por los periodistas. “Quieren todo gratis y no les importa quién va a pagarlo”. Lo que sucede quizás es otra cosa, quizás la sociedad esté diciendo “Me preguntan esto cuando ni siquiera saben cómo vincularse con la tecnología”.

 

La conciencia colectiva está traumada por el hecho de que las capacidades tecnológicas desbordaron a las capacidades estatales. Y aunque pueda votar candidatos que prometen eliminar al Estado, no quiere resignarse a la idea de que lo público deje de existir. Al contrario, votar el desfinanciamiento de lo público cuando lo público se define por ser disfuncional posee un componente de ambivalencia, y se parece bastante a lo que el psicoanálisis llama compulsión a la repetición de un encuentro fallido con el trauma, ¿qué es el trauma?: la relación con lo tecnológico no mediado por las instituciones ni por las transacciones.

 

Es importante mencionar que la llamada “ultraderecha” ofrece una solución al goce que produce el mencionado trauma tecnológico. Su propuesta es que el afán de lucro determine la dirección de la ciencia porque ese afán sería quien mejor asigna los recursos. Paradójicamente, es una solución que la sociedad repudia en términos generales. Pero a la cual, en el fondo, puede llegar a preferir antes que otras soluciones plagadas de incertidumbre y burocracia. En el hemisferio norte, el Green New Deal es una respuesta a este trauma. Uno puede confiar en ellas o no, puede preferir otras. El problema está cuando no hay nada del otro lado.

 

Las personas tramitan su relación con el trauma tecnológico de una forma contradictoria. ¨Preguntar sobre percepciones, sensaciones, evaluaciones y cualquier otra variable vinculada al Estado sin auscultar las experiencias y expectativas tecnológicas de la población parecería conducirnos a otro agujero negro de la opinión pública.

 

 

La vida como apuesta

 

Nacida de necesidades militares, la internet pudo difundirse globalmente e integrarse en la vida de las personas gracias a la inversión y el impulso del capital financiero. La tendencia contemporánea, y esto es mucho más potente en Argentina que en otras zonas del mundo, es hacia un pliegue financiero en la vida cotidiana, del cual, por ejemplo, las apuestas online son sólo un emergente.

 

En un país con una economía inflacionaria y poco previsible las personas viven apostando. Pero no apuestan solo sus finanzas. Apuestan su narcisismo en las publicaciones en las redes sociales. Apuestan sus necesidades y su trabajo en las aplicaciones que les ofrecen opciones de subasta cada vez más frecuente. Los videojuegos se fusionan con las apuestas online, ya que los jugadores pueden “tradear” herramientas, cuya cotización obedece muchas veces a criterios tan azarosos como el resultado de una ruleta en el casino.

 

El tiempo se convierte en el escenario de una subasta permanente, con unas posibilidades de planificación cada vez más amplias que chocan con una incertidumbre cada vez mayor. Este empoderamiento desempoderante es aún más pronunciado entre los sectores más jóvenes de la población, que aprenden su lógica en los juegos online, la perfeccionan apostando y la desarrollan luego -a veces en simultáneo- en el mercado financiero. El resultado de este régimen de vida es la corrosión absoluta de la ley paterna. Un desacople definitivo entre el mérito y el destino. La competencia estalla en una diversidad de escenarios regulados por una relación opaca entre algoritmos, azar y economía.

 

Otra vez, y al igual que ocurre con las vanguardias meméticas y con el trauma tecnológico, cualquier intento de regulación de estos procesos aparece condenado al fracaso, como una teatralización de la imposibilidad de generar consensos ante lógicas no humanas que impregnan los estilos de vida.

 

Fuerzas ajenas no sólo a la voluntad individual, sino a la voluntad social, estatal o supranacional, se entrelazan con cada pequeña opción individual. En otros momentos de la historia esto podría haber producido una gran invocación al Padre, un pedido de orden, el pedido de una nueva Ley. En este momento lo que se genera es una depresión vaporosa y generalizada que pone en crisis cualquier proyecto de vida y parece taponar, detrás de un gran manto negro, cualquier posibilidad de generación de utopías.

 

Se configura así un nuevo obstáculo epistemológico para las disciplinas que intentan estudiar las regularidades en el comportamiento humano. ¿Cómo preguntarle a una persona cómo evalúa que estará el país en tres meses, o en un año? ¿Cuál es la referencia para sopesar su propia situación económica en la época de la deuda y la microdosis de apuestas financieras sin pérdidas ni ganancias claras? ¿Qué puede ofrecer la política como estilo de vida ante esta situación donde el individuo siente que toma sus propias decisiones todo el tiempo y que nadie puede ayudarlo a conformar un proyecto vital?

 

 

Tecnodiversidad y utopía

 

El desafío para una utopía del siglo XXI parece necesitar de un ecléctico esfuerzo teórico y político de grandes dimensiones. Las grandes utopías del siglo XX seguirán siendo fuentes de inspiración, pero de formas pervertidas y, de alguna forma, inesperadas, salpicadas quizás por elementos que se suponían arcaicos y otros que apenas empiezan a bocetarse. Hoy, más que nunca, un intelectual no se puede diferenciar de un político, aunque los políticos no puedan diferenciarse de los ser profetas. Como decía la parábola o la maldición china: nos ha tocado vivir tiempos interesantes.

 

La transaccionalidad como valor supraeconómico, la conversación pública estructurada como una dinámica memética, el trauma del encuentro fallido y a veces desastroso con la tecnología, y la ludificación financiera de la existencia son fuerzas demasiado poderosas como para ser enfrentadas con los lenguajes de la política y la economía del siglo XIX, que son los que predijeron y permitieron las disputas del siglo XX. Muchísimo más riesgoso puede ser una moralización conservadora de estas tendencias, como así también su aceptación acrítica y transhumanista.

 

Ni los algoritmos, ni los estudios de opinión pública son el lugar desde donde puedan surgir las necesarias innovaciones institucionales que pueden llegar a conformar nuevos sentidos compartidos en la sociedad. Yuk Hui plantea el concepto de tecnodiversidades entendidas como modos diferenciados de aproximarse a la tecnología por parte de las diferentes civilizaciones. La forma de pensar en estas relaciones tendrá que ofrecer respuestas para dichas zonas negras de la imaginación: bienvenidos al agujero negro de la imaginación colectiva. 

 

-

 

Sobre el autor

 

Hernán Vanoli publicó 7 libros. Entre ellos los ensayos El amor por la literatura en tiempos de algoritmos y Los dueños del futuro (en colaboración con Alejandro Galliano) y las novelas Pinamar, Cataratas y Arte Folk Americano. Desde hace un año es el director de Sentimientos Públicos, una consultora que mide e interpreta los movimientos y tendencias que recorren la superficie y lo profundo del alma colectiva.

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Imaginación negra

por Hernán Vanoli

Opinión pública y deseo.

 

Los estudios de opinión pública se sustentan en la ley de los grandes números. Y la ley de los grandes números, junto con la estadística inferencial y la probabilística combinada son las reglas que estructuran el mundo digital en el que nos toca vivir.

 

El mundo de los algoritmos es el nuevo rostro que adquirieron las afinidades electivas sobre las que, en algún momento, teorizó Max Weber. El mundo de los likes y la dopamina. De las publicidades microtargetizadas, que emergen como pompas de jabón en unos teléfonos que nos escuchan y suelen predecir nuestros deseos.

 

En este mundo donde el deseo puede ser predicho por cajas negras de probabilidades hay un costado indecible, algo que se parece bastante a las ideas que Jacques Lacan tenía sobre lo Real, que siempre escapa a los parámetros. Tanto a los algoritmos como a los estudios de opinión pública.

 

 

El ocaso del economicismo vulgar

 

Cuando la política, que compartía con lo religioso la tarea de realizar profecías sobre el porvenir y de explicar la discontinuidad existente entre mérito y destino, parecía subsumida en la gestión y en las técnicas propias del marketing, bajo el plácido clima del acuerdo neoliberal con algunas dosis de desarrollismo, el tornado libertario sacudió las creencias compartidas por los profesionales de la representación.

 

Los economistas dicen que Milei ganó porque pudo dar mejores explicaciones económicas que el resto, que ganó la economía, aunque no nos guste su lectura. Sin embargo, y más allá de los motivos que llevaron al poder a Milei, lo cierto es que parecería suceder todo lo contrario. Es obvio que la gente quiere progresar económicamente. Es obvio que un gobierno que gestione mejor la economía va a tener más chances de gobernar o perpetuarse en el poder que uno que tenga inflación de tres dígitos, pero la economía, entendida como el funcionamiento del mercado (por derecha) o como la carestía de bienestar social por culpa de un sector específico (los empresarios, según la izquierda), al menos mirada desde la opinión pública, parece estar en crisis.

 

Por encima de los avatares económicos, la transaccionalidad parece ser el valor imperante en la sociedad, y esta transaccionalidad es a la economía lo que el poder es a la sociología: nociones amorfas. En un mundo donde el tiempo está acelerado pero el progreso social y económico sigue siendo un deseo organizador de las subjetividades sociales, la libertad es, cada vez más, libertad de transacción. Agujeros negros.

 

Esto sucede en un contexto en que la tecnología acelera la experiencia con la popularización de las inteligencias artificiales generativas. Mientras, el desastre climático acecha y los políticos profesionales son repudiados por distintas mayorías. La aceleración, el desastre y el repudio hacen que las personas solo exijan que las cosas funcionen en silencio para expresarse y para jugar: las dos modalidades básicas de la transacción contemporánea.

 

Ese deseo de transacción excede al economicismo. Es una fuerza mucho más oscura, difícil de medir, más vinculada a la velocidad que al bienestar, más vinculada a la limpieza de un semblante que a la eficiencia real. Si las instituciones tienen procesos burocráticos, las aplicaciones tienen transacciones. Los asistentes sociales son cada vez más especialistas en experiencia de usuario (UX). En una vida signada por la incertidumbre y el riesgo, la funcionalidad transaccional se parece bastante a la salvación.

 

 

La conversación de las vanguardias meméticas

 

Muerto o al menos herido el economicismo vulgar, las zonas oscuras de la imaginación pública se explican, con frecuencia, a través de la teoría de las vanguardias de internet. Una fuerte corriente de sentires sociales sobre lo político se propagaría desde nichos de conversación intensa que suceden en la web, donde abundan las teorías conspirativas, la incorrección política, cierto saber popular condensado en memes (que tienen la arquitectura de virus biológicos) y una verdadera batalla cultural que poco tiene que ver con debates intelectuales y publicaciones como esta.

 

Se trataría de nichos de intercambio intenso organizados en contra del “progresismo Woke”, donde la rebeldía se recodifica en términos de una mitología propia de “las nuevas derechas” de carácter anti-estatal y anti-igualitarista, pero también anti-elitista. Una suerte de “zanja de la misoginia” -su sesgo incel ya ha sido discutido en profundidad-, que funciona como una usina comunicativa con la enorme capacidad de permear el humor colectivo.

 

Cuando se acercan las elecciones, este caldo de cultivo se politizaría hacia los candidatos de la ultraderecha, cuyos valores, otra vez, tienen afinidades electivas con los de aquellos que motorizan y comparten los contenidos de los mencionados flujos de conversación.

 

Si bien las guerras culturales en la internet profunda son sin lugar a dudas uno de los grandes agujeros negros de la imaginación social, la teoría de las vanguardias meméticas resulta quizás más útil para interpretar a los nuevos modelos de la comunicación publicitaria. Las publicidades, de hecho, se memetizaron en mayor medida que la opinión pública. Por eso las plataformas de streaming, con su modelo de comercialización por suscripciones, están hoy a la cabeza de la publicidad, a través del ansia por generar conversación. Así, la publicidad se convirtió en el anverso políticamente correcto y mainstream de las vanguardias meméticas de ultraderecha que se cultivan en la internet profunda.

 

Siempre hubo chismes y rumores. Los memes y las redes sociales no son más que canales conductores acelerados y transaccionales de estos. Sin embargo, las vanguardias meméticas, además de inspirar a los nuevos modelos publicitarios, corroyeron una fábrica de subjetividades políticas: el discurso militante.

 

Las guerras de internet son el Vietnam de las militancias entendidas como un conjunto de personas unidas por una comunión ideológica y organizadas en un partido. Esto ocurre porque las vanguardias meméticas proponen entornos de conversación ultra ideologizados que no reconocen ninguna autoridad ni ningún vínculo de obediencia. Por otra parte, se trata de formas de asociación rizomáticas que no reconocen ningún territorio, sino que más bien lo desprecian. Sin autoridad ni territorio, lo que hay es una imaginación colectiva que se viraliza y deja en ridículo a los discursos estructurados de la militancia.

 

La idea de memetizar la comunicación de una organización política tradicional puede ser válida y hasta revitalizante como táctica, pero no es una estrategia viable, dado que la desconfianza hacia lo partidario y hacia el vocabulario de los partidos políticos establecidos es singularmente alto. La capacidad de las militancias para proponer temas de conversación pública se ve seriamente limitada si no ocupan el aparato del Estado o están unidas a un conglomerado mediático específico. El fracaso de las “campañas del miedo” podría servir para reflexionar sobre estas cuestiones.

 

Las vanguardias meméticas son inasibles para la militancia y funcionan para los estudios de opinión pública como el “ello” psicoanalítico, una zona turbulenta y primitiva, pulsional, amoral y asocial. Estamos ante una zona oscura del inconsciente colectivo, una frontera corrosiva de la militancia, una nueva forma impredecible de la publicidad, que es también una de las tantas cavernas donde el deseo social se produce y tramita.

 

Si los partidos políticos tenían militantes, las vanguardias meméticas tienen trolls cuya capacidad de irrumpir en la conversación pública inspiran hoy tanto a publicidades como a movimientos políticos de derechas no organizados orgánica ni territorialmente.

 

 

El trauma del chamanismo tecnológico

 

Sostenemos una relación atávica con la tecnología. Sabemos que no es magia y al mismo tiempo sentimos que lo es. Procesos que no comprendemos habilitan experiencias que jamás esperamos tener vehiculizados por el afán de lucro de una elite planetaria asociada a un grupo de científicos e ingenieros. Chamanes. La información que podríamos tener sobre la finalidad de estos cambios nos llega a través del periodismo, quizás la única institución con un prestigio social menor que la política. Mientras nos adaptamos a este paisaje inestable, disfrutamos de los beneficios de la tecnología en nuestro trabajo, en el tiempo libre o en los procesos educativos. Hasta que, de pronto, ocurre una catástrofe personal, laboral, ambiental, que la tecnología no puede remediar e incluso puede haber causado.

 

Es por eso que la oposición clásica entre apocalípticos e integrados, propuesta hace décadas por Umberto Eco, parece haber dejado de ser operativa para pensar las sensaciones sociales alrededor del desarrollo tecnológico. Si bien por supuesto existen personas que reniegan del avance técnico y lo vinculan a tendencias deshumanizantes, y el optimismo solucionista también tiene una importante cantidad de adeptos, los efectos de unos avances que lograron dislocar las percepciones compartidas del tiempo dislocaron también ciertos consensos básicos sobre la tecnología.

 

La sociedad parece no poderse pensarse a sí misma pensando sobre este tipo de innovaciones. Existe un limbo epistemológico donde las cosas suceden demasiado rápido y, al mismo tiempo, con una fuerza radioactiva, horadan a las instituciones que sirvieron, en algún momento, para administrar esos cambios. Todos somos apocalípticos e integrados.

 

El resultado de esta ecuación son niveles de incertidumbre y angustia social cada vez más pronunciados, por lo que podría llegar a pensarse que el cambio tecnológico es el trauma de la imaginación social. Es muy difícil que la sociedad pueda construir consensos cuando sabe que sus herramientas cognitivas no pueden asir fenómenos que la trascienden. Se produce entonces un desfasaje cognitivo.

 

Los estudios de opinión pública y los políticos profesionales suelen intentar comunicarse con las personas a través de preguntas sobre el apoyo a la salud pública, a la educación, a la seguridad, y los resultados, con excepción de una proporción minoritaria, son siempre los mismos: las personas quieren buenos hospitales públicos, quieren educación pública de calidad, quieren una policía bien entrenada, no desean la privatización de ciertos servicios, etcétera. Y después eligen candidatos que dicen que la solución a los males sociales viene de eliminar la intervención estatal.

 

La reacción de los políticos con la opinión pública suele ser la infantilización, en el sentido de que la misma querría todo sin ser capaz de resignar nada a cambio. Esto refuerza el desconcierto y la desconfianza hacia la sociedad, que es infantilizada por los analistas e incluso por los periodistas. “Quieren todo gratis y no les importa quién va a pagarlo”. Lo que sucede quizás es otra cosa, quizás la sociedad esté diciendo “Me preguntan esto cuando ni siquiera saben cómo vincularse con la tecnología”.

 

La conciencia colectiva está traumada por el hecho de que las capacidades tecnológicas desbordaron a las capacidades estatales. Y aunque pueda votar candidatos que prometen eliminar al Estado, no quiere resignarse a la idea de que lo público deje de existir. Al contrario, votar el desfinanciamiento de lo público cuando lo público se define por ser disfuncional posee un componente de ambivalencia, y se parece bastante a lo que el psicoanálisis llama compulsión a la repetición de un encuentro fallido con el trauma, ¿qué es el trauma?: la relación con lo tecnológico no mediado por las instituciones ni por las transacciones.

 

Es importante mencionar que la llamada “ultraderecha” ofrece una solución al goce que produce el mencionado trauma tecnológico. Su propuesta es que el afán de lucro determine la dirección de la ciencia porque ese afán sería quien mejor asigna los recursos. Paradójicamente, es una solución que la sociedad repudia en términos generales. Pero a la cual, en el fondo, puede llegar a preferir antes que otras soluciones plagadas de incertidumbre y burocracia. En el hemisferio norte, el Green New Deal es una respuesta a este trauma. Uno puede confiar en ellas o no, puede preferir otras. El problema está cuando no hay nada del otro lado.

 

Las personas tramitan su relación con el trauma tecnológico de una forma contradictoria. ¨Preguntar sobre percepciones, sensaciones, evaluaciones y cualquier otra variable vinculada al Estado sin auscultar las experiencias y expectativas tecnológicas de la población parecería conducirnos a otro agujero negro de la opinión pública.

 

 

La vida como apuesta

 

Nacida de necesidades militares, la internet pudo difundirse globalmente e integrarse en la vida de las personas gracias a la inversión y el impulso del capital financiero. La tendencia contemporánea, y esto es mucho más potente en Argentina que en otras zonas del mundo, es hacia un pliegue financiero en la vida cotidiana, del cual, por ejemplo, las apuestas online son sólo un emergente.

 

En un país con una economía inflacionaria y poco previsible las personas viven apostando. Pero no apuestan solo sus finanzas. Apuestan su narcisismo en las publicaciones en las redes sociales. Apuestan sus necesidades y su trabajo en las aplicaciones que les ofrecen opciones de subasta cada vez más frecuente. Los videojuegos se fusionan con las apuestas online, ya que los jugadores pueden “tradear” herramientas, cuya cotización obedece muchas veces a criterios tan azarosos como el resultado de una ruleta en el casino.

 

El tiempo se convierte en el escenario de una subasta permanente, con unas posibilidades de planificación cada vez más amplias que chocan con una incertidumbre cada vez mayor. Este empoderamiento desempoderante es aún más pronunciado entre los sectores más jóvenes de la población, que aprenden su lógica en los juegos online, la perfeccionan apostando y la desarrollan luego -a veces en simultáneo- en el mercado financiero. El resultado de este régimen de vida es la corrosión absoluta de la ley paterna. Un desacople definitivo entre el mérito y el destino. La competencia estalla en una diversidad de escenarios regulados por una relación opaca entre algoritmos, azar y economía.

 

Otra vez, y al igual que ocurre con las vanguardias meméticas y con el trauma tecnológico, cualquier intento de regulación de estos procesos aparece condenado al fracaso, como una teatralización de la imposibilidad de generar consensos ante lógicas no humanas que impregnan los estilos de vida.

 

Fuerzas ajenas no sólo a la voluntad individual, sino a la voluntad social, estatal o supranacional, se entrelazan con cada pequeña opción individual. En otros momentos de la historia esto podría haber producido una gran invocación al Padre, un pedido de orden, el pedido de una nueva Ley. En este momento lo que se genera es una depresión vaporosa y generalizada que pone en crisis cualquier proyecto de vida y parece taponar, detrás de un gran manto negro, cualquier posibilidad de generación de utopías.

 

Se configura así un nuevo obstáculo epistemológico para las disciplinas que intentan estudiar las regularidades en el comportamiento humano. ¿Cómo preguntarle a una persona cómo evalúa que estará el país en tres meses, o en un año? ¿Cuál es la referencia para sopesar su propia situación económica en la época de la deuda y la microdosis de apuestas financieras sin pérdidas ni ganancias claras? ¿Qué puede ofrecer la política como estilo de vida ante esta situación donde el individuo siente que toma sus propias decisiones todo el tiempo y que nadie puede ayudarlo a conformar un proyecto vital?

 

 

Tecnodiversidad y utopía

 

El desafío para una utopía del siglo XXI parece necesitar de un ecléctico esfuerzo teórico y político de grandes dimensiones. Las grandes utopías del siglo XX seguirán siendo fuentes de inspiración, pero de formas pervertidas y, de alguna forma, inesperadas, salpicadas quizás por elementos que se suponían arcaicos y otros que apenas empiezan a bocetarse. Hoy, más que nunca, un intelectual no se puede diferenciar de un político, aunque los políticos no puedan diferenciarse de los ser profetas. Como decía la parábola o la maldición china: nos ha tocado vivir tiempos interesantes.

 

La transaccionalidad como valor supraeconómico, la conversación pública estructurada como una dinámica memética, el trauma del encuentro fallido y a veces desastroso con la tecnología, y la ludificación financiera de la existencia son fuerzas demasiado poderosas como para ser enfrentadas con los lenguajes de la política y la economía del siglo XIX, que son los que predijeron y permitieron las disputas del siglo XX. Muchísimo más riesgoso puede ser una moralización conservadora de estas tendencias, como así también su aceptación acrítica y transhumanista.

 

Ni los algoritmos, ni los estudios de opinión pública son el lugar desde donde puedan surgir las necesarias innovaciones institucionales que pueden llegar a conformar nuevos sentidos compartidos en la sociedad. Yuk Hui plantea el concepto de tecnodiversidades entendidas como modos diferenciados de aproximarse a la tecnología por parte de las diferentes civilizaciones. La forma de pensar en estas relaciones tendrá que ofrecer respuestas para dichas zonas negras de la imaginación: bienvenidos al agujero negro de la imaginación colectiva. 

 

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Sobre el autor

 

Hernán Vanoli publicó 7 libros. Entre ellos los ensayos El amor por la literatura en tiempos de algoritmos y Los dueños del futuro (en colaboración con Alejandro Galliano) y las novelas Pinamar, Cataratas y Arte Folk Americano. Desde hace un año es el director de Sentimientos Públicos, una consultora que mide e interpreta los movimientos y tendencias que recorren la superficie y lo profundo del alma colectiva.

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