Hacé una búsqueda en Google. Cualquiera. Da lo mismo. El título de un libro o de una película. Una noticia. Una ciudad. Los primeros resultados van a ser patrocinados. Un link a MercadoLibre que te vende el libro. Dejá, gracias, no quiero comprarlo, quería ver de qué se trataba. Un diario al que no puedo entrar porque no le pago al sitio, no estoy registrada, o no me bajé la app. Para la ciudad, AirBnB y Booking. No quería reservar un hotel en Fortaleza, solo quería saber dónde estaba. Al norte de Natal, al sur de Belém. Todos los resultados están orientados a comprar, pagar, gastar. Una versión más vistosa de Páginas Amarillas, con fotos, videos y, como les gusta decir a los de marketing, “calls to action”, llamados a la acción. Consumo y decepción.
Esta internet de tarjetas de crédito y muros de pago usa la misma arquitectura que la internet que conocimos a fines de los 90 y principios de los 2000. Pero la habitamos de maneras distintas. Internet se desarrolló con un ethos de apertura, plasmado en el protocolo de comunicación que todavía usa, TCP/IP, creado por Vint Cerf y Robert Kahn en la década del 70. Cada mensaje se divide en varios paquetes que se vuelven a unir en el punto de llegada. Cualquiera se puede conectar y transmitir información con ese protocolo. Para que internet, en sus inicios un proyecto del Departamento de Defensa de Estados Unidos, fuera resistente a cualquier ataque, se diseñó sin un control central. Pensemos, en cambio, en la televisión por cable o satélite (qué antigüedad). Para subir “contenido” como se dice ahora, hay que llegar a un acuerdo con el cableoperador que lo transmite. Y lo pueden ver sólo los hogares que pagan, otro peaje. Internet no tenía estas barreras de entrada.
La lógica de la apertura es también heredera de la contracultura hippie de California de los 60s y los 70s, que forjó las primeras comunidades virtuales de los 80s y 90s. Paz, amor e internet. Surfeábamos la red usando un navegador. Viajeros, exploradores. No había apps, no había registros, era una internet anónima. En los 80s, Tim-Berners Lee, un científico del CERN, un laboratorio de la Unión Europea, pensó que hacía falta una interfaz para compartir documentos, e ideó un sistema que durante mucho tiempo (ya no) iba a ser sinónimo de internet: la World Wide Web. No la patentó: cualquiera podía usarla sin pagar regalías. Faltaba -pero no tanto- para que el objetivo de inventar cosas para internet fuera hacerse rico. Facebook apareció en 2004.
Cuando internet dejó de depender de fondos públicos a mediados de los 90s, el mandato de interconectividad persistió. Los primeros ISPs (Proveedores de Servicios de Internet) te vendían como un beneficio tener todo en un solo lugar, que no dejaras su “jardín amurallado”, pero ganó la lógica de la conexión. Google, que empezó como un experimento de dos estudiantes de doctorado en un garage, premiaba en su rankings los sitios con hipervínculos, no la exclusividad. Cuántos más links tuvieras y más links te llegaran, mejor rankeabas. Al principio ni siquiera tenía publicidad.
Internet era, todavía, bastante excluyente. En 1999, mientras nos preocupábamos por la catástrofe anunciada del Y2K, solo 280 millones de personas estaban online, menos de 5% de la población mundial. Un parque de diversiones para pocos. Un parque de diversiones algo lento y sobre todo textual: una foto de buena calidad podía tardar un minuto en cargarse. Una eternidad. Para conectarte, el módem marcaba un número de teléfono, hacía un chillido característico, y unos segundos después un sonido de ruido blanco que indicaba que, ahora sí, estabas online. Mientras navegabas, podías recibir gritos de tu padre, madre o hermanos “¡a ver si la cortan con la computadora que tengo que hacer un llamado!”
A fuerza de conectarnos cuando todos se habían ido a dormir, desarrollamos hábitos nocturnos que ya no abandonamos, intercambiando mensajes por ICQ -un proto WhatsApp- o discutiendo en foros sobre música, cine o fútbol con cientos de desconocidos. Esta internet, algo incómoda, limitada a una computadora de escritorio, mantuvo durante mucho tiempo la apertura y la gratuidad. Había banners, sí, publicidades algo ridículas en lugares considerados estratégicos. Pero muy poca información sobre quiénes los veían y cómo reaccionaban. Si podías comprar una computadora y pagar la conexión telefónica, internet era anónima. Y tuya.
En un momento esa internet se empezó a oscurecer. No estoy hablando de lo que se conoce como la dark web, que existe hace mucho. Sí, sabemos, Jorge Lanata hizo un documental, hay venta de drogas y tráfico de armas e imágenes de abuso sexual infantil o tortura de animales. Pero se podría argumentar que eso siempre fue oscuro. ¿Cuándo iba a salir a la luz? Un mundo en el que esas transacciones fueran visibles sería oscuro en sí mismo. Tampoco describo la red mega censurada de China y otros países autoritarios: qué podríamos esperar de dictaduras.
La internet nuestra de todos los días, para buscar algo, acceder a información, comunicarnos, se está haciendo cada vez más comercial, más cerrada, más inútil. Más oscura.
Google fue durante mucho tiempo sinónimo de búsqueda en internet. Con su lema “don´t be evil” (no seas malvado) y su misión de “organizar toda la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil” conquistó la buena voluntad de billones de personas -nueve de cada diez búsquedas se googlean. Pero la publicidad, que antes eran dos links, bien señalizados, ahora ocupa todo el primer scroll.
Google beneficia a sus propios productos en sus recomendaciones, aunque no sean los más populares, y es poco transparente en la asignación del ranking para aparecer en la página. Perdió juicios en la Unión Europea y en Estados Unidos por prácticas monopólicas. También funciona muy mal para buscar dentro de plataformas de redes sociales. Olvidate de encontrar una historia de Instagram o un tuit -su baja cantidad de links hace que queden enterrados en la página 6 o 7 de resultados -si aparecen. Google organiza la información mundial para hacer más accesible lo que a Google le resulta útil.
Si internet antes privilegiaba los vínculos, las plataformas se convirtieron en jardines (casi) amurallados, sin que nos diéramos cuenta. O que nos importara. El plan de Instagram es que te quedes en Instagram, scrolleando hasta dormirte, soñando con el teléfono pegado a la cara con una vida que no es real. Si compraste algo antes mejor. Estos parques cerrados además no hablan entre sí. No te podés llevar tus contactos o preferencias de X-Twitter a Mastodon, de TikTok a la nueva plataforma que está por venir y no conocemos todavía.
El valor de internet eran las conexiones, la ganancia de una plataforma está en conocer cada uno de tus intereses, tus secretos, tus placeres culposos, para venderte cosas, sin que abras la puerta para ir a jugar. Nos quedamos porque nos entretiene el contenido y porque no pagamos. Las plataformas se mantienen con la publicidad de los miles de bienes y servicios que intentan vendernos. Nos damos cuenta de que a X-Twitter no le está yendo muy bien en Argentina cuando nos aparece una y otra vez la promo de polvo Royal o “Encontrate con cinco desconocidos”.
Ese modelo de negocios no es viable para otros proveedores de contenido. Las plataformas de series, películas y fútbol cobran. No siempre queda claro qué cobran, si tenés el servicio plus, mega o premium, a qué beneficios accedés, pero -tal vez acostumbrados a la televisión por cable -estamos dispuestos a pagar. Los sitios antes conocidos como diarios online ponen paywalls. Te obligan a regístrate. Dejar tu tarjeta de crédito para leer qué dijo el vocero presidencial sobre el dólar, o cómo salió Boca-Banfield. Poca gente lo hace. O al menos, no la gente suficiente para que funcione la mayoría de ellos.
Otros sitios de noticias se mantienen con las contribuciones voluntarias de sus lectores. Como Wikipedia. Una vuelta a los inicios de internet, pero no tanto. Esos sitios tienen tus datos y sus anunciantes los usan para venderte -cosas, bienes, servicios, cursos, vinos, viajes. Lo que vale es la experiencia. Sobre todo si la experiencia es instagrammeable.
Tuvimos una internet abierta -o algunos internautas tuvimos una internet abierta- y la perdimos. No tomamos la mayor parte de las decisiones, pero aceptamos las reglas del juego. Le dimos de manera voluntaria nuestros datos a Mark Zuckerberg, nos quedamos en Twitter cuando la compró Elon Musk. Pasarnos a Mastodon o a Bluesky era una fiaca, y además, no conocíamos a nadie.
Seguimos googleando, resignados a no encontrar lo que nos interesa. Recordamos, con nostalgia, cuando éramos navegantes anónimos de un territorio desconocido. Todo por descubrir. Ahora sabemos que esto es lo que hay. La internet de ahora es clara, clarísima, casi transparente. Ponemos nombre, apellido, DNI. Declaramos nuestros gustos y nuestras pasiones, a dónde vamos de viaje y qué recital no nos vamos a perder. ¿Cuál es la verdadera internet oscura? ¿La internet anónima de hace más de veinte años? ¿O la de ahora, donde hay cada vez más información pero es cada vez más difícil encontrarla?
La verdadera internet oscura está dentro nuestro.
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Sobre la autora
Eugenia Mitchelstein es Licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (Argentina), y obtuvo un Master in Science, Media and Communications de la London School of Economics and Political Science (Reino Unido), y un Ph.D. in Media, Technology and Society de la Northwestern University (Estados Unidos).
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