EL GEN DE LA PINTURA
Para algunas personas pintar parece tan necesario como comer.
Maite Acosta es una de ellas. Pinta porque la pintura —el acto de pintar— la alimenta (aunque, por supuesto, sin saciarla). Maite puede ser obsesivamente reflexiva cuando se trata de su producción, darle vueltas a los modos, métodos y conceptos que supone coloca en sus cartones, telas y papeles.
Sin embargo.
La pintura en ella es completamente visceral: aunque la piense y repiense, aunque parta de conceptualizaciones complejas que involucran planos teórico-prácticos diversos, cuando toma el pincel emerge algo que la lleva a ese lugar donde la palabra no tiene jurisdicción y donde el devenir, el proceso, es cuerpo y gesto.
Tal vez.
Haya un gen que se activa en determinado momento (puede ocurrir a edades muy diferentes) y que —una vez activado— hace necesario el acto y el gesto de pintar: si esto fuera cierto, Maite es un caso de los más conspicuos.
Desde allí, su metodología serial: el deseo que la atraviesa no se agota en una sola pieza, incluso si la idea inicial fue la de componer un único lienzo. Las series pueden ser diferentes, pueden abordar, incluso, “temáticas” (aunque nunca lo son en sentido directo, como podría ocurrir en un pintor moderno), pero en todas, lo que prima es la pasión por la pintura como tal. Las temáticas que aborda funcionan como el “soporte”. Así como el lienzo, el cartón o el papel, el tema sirve en ella para soportar y simular un recorte en esa vorágine de óleo y color que la embarga. Por eso, puede construir una serie de “cielos”, y que esos cielos provengan de otros autores, jugando con cierto momento de la historia del arte. Puede, también, encontrar un elemento (una forma o figura) recurrente que pueble unos fondos que, en verdad, no lo son (en esas piezas el “fondo” resulta tan protagonista como las figuras); puede, en cierto momento, mezclar ambas para generar una pintura híbrida de ellas.
Pero.
En todos los casos, lo que aparece es una transformación, una traducción (mejor dicho) en la que esas construcciones formales y conceptuales convergen y condensan en algo que — modernamente— querríamos llamar abstracción aunque sabemos que es mucho más que eso: es el cuerpo de la artista, su verdad en pintura.
Roberto Echen