El jueves 13 de agosto el Centro Cultural Contraviento inauguró la muestra Arqueologías de lo afectivo, de Virginia Kahl. Contamos con la presencia de la artista, quien dialogó con los asistentes.







Cuando lo propio no pide permiso para convertirse en algo ajeno y esas historias que nos identifican o constituyen se ven atravesadas por procesos de borramiento simbólico, el arte como ejercicio crítico y poético, provoca resonancias en un intento por desestabilizar aquellas estructuras sociales que permanecen indóciles e inmutables.
¿Cómo es nuestra relación con lo heredado? ¿De qué manera impacta tanto en el ámbito público como privado nuestro vínculo con lo filiatorio, el universo de lo doméstico o lo laboral? ¿Cómo redistribuir equitativamente el valor que le otorgamos a las cosas? ¿Qué experiencias, objetos o lugares habilitamos con nuestras acciones? ¿Cuáles elegimos omitir?
Si bien esta apreciación propone un contexto posible, no es mi intención desarrollar un manifiesto teórico, sino un relato en espiral. Que mis palabras, como ondas expansivas reverberen sobre el conjunto de obras aquí exhibidas y que una idea de pertenencia orbite sobre su núcleo fundacional.
La delicadeza en su materialidad e impronta, se nos presenta como una amable invitación a lentificar nuestra mirada. Pausar cualquier necesidad de urgencia, recuperando casi como en un suspiro meditativo, una observación consciente y minuciosa. Es entonces allí cuando el tiempo cobra su espesor. Una oportunidad para preguntarnos sobre nuestro vínculo con la memoria y la permanencia de las cosas, como un campo en permanente disputa. No desde la nostalgia por un tiempo pasado, sino más bien un ejercicio arqueológico sobre nuestro presente.
Una sobreimpresión de signos desplazados, característicos de nuestra industria, imposibilitan su lectura y capacidad de reconocimiento. Procedimientos como el Kintsugi japonés emergen, no para reparar o suturar, sino como revelación de una herida en carne viva. Una rotura como simulacro y señalamiento. Otras estrategias visuales, mediante imágenes representativas de la ciudad que habitamos e inscriptas sobre utensilios domésticos, nos recuerdan algunas postales del costumbrismo urbano del siglo XIX. Sin embargo, trascienden su función documental para ofrecernos otra experiencia de la ciudad. Un objeto curioso, cargado de afectividad; un souvenir como dispositivo capaz de condensar pertenencia, memoria y una resistencia al olvido.
En su acción, Virginia Kahl nos dice que las imágenes y los objetos que nos rodean, no son testigos mudos de la historia, sino superficies en donde se inscriben tradiciones, afectos, encuentros, ausencias y relaciones de poder. Establece una doble condición sobre los símbolos que interviene; objetos afectivos pero afectados, proponiendo de ese modo un régimen de lectura posible. Rompe para reconstruir y desplaza para luego recuperar. Como en un ejercicio Pigliano, su operación ficcional no se opone a la verdad sino que la produce, trasladando nuestra experiencia más íntima a una pregunta colectiva.
Pablo Sinaí, julio 2026.
![[Cuarta muestra - Patrias] Arqueologías de lo afectivo, de Virginia Kahl.](https://www.contraviento.com.ar/resources/original//Agosto 2026///Kahl//01.jpg)

![[Cuarta muestra - Patrias] Arqueologías de lo afectivo, de Virginia Kahl.](https://www.contraviento.com.ar/resources/produccion/contenidos/medium//Agosto 2026///Kahl//01.jpg)